Autobiografía de
Herbert W. Armstrong

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Capítulo 4


“EL HOMBRE CREATIVO” PARA UNA REVISTA NACIONAL.

MI ESPOSA estaba reflexionando acerca de lo que podría haber sido de nosotros. Ella preguntaba: “¿Qué si jamás nos hubiésemos conocido? ¿Qué si jamás hubiésemos atravesado el fracaso de nuestros planes personales? Probablemente jamás habríamos encontrado el camino hacia la vida abundante –hacia el gozo de vivir bien. Piensa en cuán monótona y aburrida habría sido nuestra vida. Cuán agradecidos debemos estar.”

POR QUÉ está siendo escrito todo esto.

Sí, nuestras vidas han sido importantes y emocionantes –llenas de acción, esfuerzo, experiencias y viajes. Ha habido problemas, tropezones, castigos, persecuciones y sufrimientos; pero a la vez han habido éxitos, logros, felicidad y GOZO. Nos hemos mantenido ocupados y REALMENTE HEMOS VIVIDO.

Entonces, permítanme repetirlo: esta autobiografía está siendo escrita con la esperanza de que todas estas inusuales experiencias puedan ser de inspiración, motivación y beneficio para muchos. Yo he sido tremendamente influenciado por la impresión que me causó la triple lectura de la autobiografía de Benjamin Franklin. Luego de leerla, busqué aprender de las experiencias de otros hombres exitosos.

Y de igual forma, la historia de mi propia vida está siendo escrita con la esperanza que pueda ser un medio para llevar –de forma inspiradora e interesante— la misma ayuda útil que otras biografías me dieron a mí.

Aprendiendo la composición de las revistas.

Por un período de seis meses, durante los primeros dos años que estuve en el “Journal”, me dieron el trabajo de “componer una revista”. Esto es, tomar todas las pruebas de los artículos y de todos los anuncios, y luego pegarlas en una revista modelo en la forma en que cada edición sería diseñada.

Durante estos seis meses tuve un escritorio en el salón de los compositores. Aprendí, tal como lo sabían los editores del Journal, que una revista de menor circulación puede imprimir sus publicaciones cada mes en la planta de una revista mayor –o en algún establecimiento de mayores operaciones— a un costo menor que el que se requeriría para operar una planta impresora propia. La razón es obvia –las prensas solamente se utilizan uno o dos días al mes para una publicación pequeña, y el hecho de mantener la maquinaria apagada durante gran parte del mes es tener un capital inactivo. No vale la pena.

Esta lección fue de grandes beneficios para nuestras actividades actuales. Por años, la revista La Pura Verdad ha sido impresa por grandes plantas comerciales en los Estados Unidos y en otros países. Y a partir de 1945 ó 46, efectivamente comenzamos a operar nuestro pequeño centro impresor –primero con una prensa Davidson, luego con dos, y más tarde con tres prensas Miehle. Inicialmente éstas solamente cumplían con nuestros trabajos menores como folletos, membretes y similares.

Todas estas experiencias previas, eran precisamente lo que se necesitaba par edificar las actividades mundiales de hoy.

Consintiendo al mal genio.

Un incidente un tanto dramático ocurrió en la planta impresora, y contiene una lección que, creo, vale la pena contar.

El contramaestre de la planta era un experimentado impresor llamado Ed Condon. A mí me parecía que, al menos en aquellos tiempos, los impresores eran más profanos que cualquier clase de hombres. Quizá era porque en aquellos días –en los que se colocaba a mano cada tipo en la imprenta— era común que “perdieran” un tipo, es decir, que se le resbalara de la mano cada una de las letras. Si esto sucedía, debían colocar nuevamente cada una de las letras en la base. Esto era una severa prueba de paciencia. El Sr. Condon no solamente podía maldecir –él también tenía un mal genio.

Lo único que estaba mal en el genio del Sr. Condon era que no hacía ningún intento por controlarlo. En cambio, él estaba orgulloso. Él mimaba a su genio y lo presumía.

Un día “se pasó del límite” conmigo por alguna razón que ya no recuerdo. Él se enfureció, maldijo, gritó e insultó. Yo salí del salón de compositores y regresé a las oficinas del “Journal”. El Sr. Boreman ya sea que fue a verlo o que lo llamó, pero recibió el mismo trato –incluso más violento. Entonces fue a ver al editor, Sr. W. J. Pilkington. El Sr. Pilkington llamó al Sr. Charles E. Lynde, gerente general de la planta. El Sr. Charles Lynde le pidió al Sr. Pilkington que llegara con el Sr. Boreman y conmigo a su oficina.

Cuando llegamos, el Sr. Condon fue llamado también a la oficina del Sr. Charles Lynde. “Ed,” dijo severamente el Sr. Lynde, “no podemos insultar a nuestros buenos clientes. Ya sea que te disculpes con el Sr. Boreman y el Sr. Armstrong y que luego te des a ti y me des a mí tu palabra de honor que este arranque de ira no se repetirá, o quedarás despedido en este instante”.

Ed Condon se disculpó humildemente. Luego el Sr. Boreman dijo: “¿Puedo decirle algo a Ed?... Ed, tú eres un buen impresor y una persona amable –excepto cuando tienes arranques de mal genio. Quisiera darte un pequeño consejo como amigo –porque te aprecio. He notado que tú presumes tu genio. Tú has estado muy orgulloso de tu habilidad de perder la cabeza y has alimentado esto como si fuera un bebé al que amas. Jamás has tratado de controlarlo. Y el genio es algo bueno –siempre y cuando lo tengas perfectamente bajo control y dirijas tu mente con buen juicio. Cuando aprendas a controlarlo, entonces podrás presumir. Simplemente has estado orgulloso del estado equivocado de tu genio –eso es todo lo que está mal.”

El Sr. Condon tomó el consejo –tuvo que hacerlo, mientras estaba parado frente a su jefe. Él dijo que jamás había pensado al respecto de esa forma y le agradeció al Sr. Boreman. Quizá algunos de nuestros lectores tampoco habían pensado al respecto de esta forma. El consejo del Sr. Boreman fue muy bueno –JAMÁS DEJAR QUE EL TEMPERAMENTO SE SALGA DE CONTROL.

Convitiéndome en el “captador de ideas”.

Luego de año y medio de entrenamiento en la redacción y el diseño de anuncios; en la venta de los espacios; en el trabajo de oficina dictando cartas de respuesta; y en el salón de compositores con el periódico “Merchant”, me fue asignada una nueva y única actividad. Jamás había escuchado de algo así. Me convertí en el “captador de ideas” del periódico.

Esta fue la experiencia más inusual de todas durante mi entrenamiento. Esta vez fui transferido al Departamento Editorial, bajo Ben R. Vardeman, editor asociado. Y también en este trabajo quedé bajo la supervisión parcial del Sr. Boreman.

El Sr. Vardeman era un alto y dignificado hombre, quien era el autor de un libro acerca de los principios del arte de vender al por menor, y además disertante en Chautauqua. Creo que también había escrito un curso por correspondencia acerca del arte de vender al por menor. Él escribió muchos de los artículos del Journal.

El editorial y varias columnas del “Journal” eran dedicadas principalmente a: las IDEAS que habían sido usadas exitosamente por los comerciantes de menudeo para incrementar sus ventas, para acelerar la producción y para reducir los costos; y a los principios y métodos de administración, de manejo de personal y de mejoramiento de las relaciones públicas. También ponían énfasis en la mejora de la comunidad y en la actividad de la cámara de comercio.

Este material no surgió de la imaginación teórica. El periódico mantenía un “Creativo” quien viajaba por todo el país para visitar tiendas, para discutir los problemas y los métodos con los comerciantes, para revisar las condiciones de la comunidad o de la sociedad, etc. Las propias experiencias de los comerciantes exitosos –tal como las reportaba el “captador de ideas”— eran escritas por los editores de la revista.

Fui equipado con una Carta de Crédito y una cámara. La Carta de Crédito me autorizaba para cobrar cheques o para redactar proyectos en el “Merchants” –en un total de $100 a la semana, lo cual era suficiente en aquel tiempo para pagar los viáticos. Un libro acerca de fotografía me fue dado. Tuve que aprender a tomar fotografías de una calidad digna de publicación.

Teniendo problemas con la cuenta de los gastos.

Tenía permitida una cuenta de gastos razonablemente liberal –sin extravagancias o lujos. El periódico esperaba que sus hombres se detuvieran en los hoteles principales de las ciudades, sin embargo, siempre que era posible yo siempre pedía una habitación simple. Los desayunos los tomaba casi siempre en la barra; los almuerzos en la cafetería o en la barra; pero las cenas frecuentemente las hacía en el comedor principal del hotel.

No había estado fuera por mucho tiempo, cuando puse en mi cuenta de gastos “refresco de helado” y “cine” –o cualquiera que haya sido el precio de estas cosas. El Sr. Vardeman era muy meticuloso en los detalles. El frunció el ceño al ver estos puntos de gasto y estuvo a punto de desaprobarlos cuando el Sr. Boreman llegó a mi rescate. Él le pidió al Sr. Vardeman que lo dejara pasar por esta vez y que él –el Sr. Boreman— me daría las instrucciones apropiadas para este tipo de gastos.

“La próxima vez, Herbert” decía la carta del Sr. Boreman “coloca cualquiera de estos puntos bajo el nombre de ‘GASTOS VARIOS'.” Y así, luego de esto, los refrescos de helado y las salidas al cine fueron colocadas como un todo en “Gastos Varios”.

Este es un incidente que yo ya había olvidado. Sin embargo, en este punto (1968), a fin de refrescar mi memoria a medida que escribía esta etapa de mi experiencia en el ‘Journal', llamé al Sr. Boreman por larga distancia. Este incidente de mi lista de gastos era uno de los dos que él recordaba vívidamente luego de todos los años transcurridos. Él pareció disfrutar inmensamente el recordarme estos incidentes.

Este incidente me recuerda de una experiencia que Benjamin Franklin relataba en su autobiografía. Durante la Guerra Revolucionaria, a toda la gente se le exigía que contribuyera para la compra de pólvora. Los Cuáqueros de Pennsylvania lo consideraron contrario a su doctrina y a su conciencia, sin embargo deseaban ser leales, así que resolvieron el problema al contribuir con dinero para “maíz, avena y otros granos”. Los “otros granos” –decía Franklin— era la pólvora.

El otro incidente que el Sr. Boreman trajo a mi memoria fue la vez en que “descubrí” un notable y práctico invento que estaba siendo usado en una tienda de comestibles. Esto ocurrió solamente unos pocos días después de haber iniciado mi primer viaje. Aún estaba muy “verde” en eso de reconocer buenas ideas que usaran los comerciantes.

Este era un estante para vegetales, con agua que goteaba lentamente sobre los vegetales. Yo pensé que además de ser ingenioso, esto era una idea práctica. Atraía la atención y mantenía frescos los vegetales. Por lo tanto, como lo recuerdo, YO tomé varias fotografías. Como lo recuerda el Sr. Boreman, yo contraté a un fotógrafo para que lo fotografiara. Felizmente envié un brillante reporte de mi descubrimiento.

Aparentemente, hubo una reacción en el periódico cuando les llegó este reporte con todo y fotografías. Tal parece que sus risas prácticamente sacudieron el edificio. Las tiendas habían estado usando este tipo de estantes durante muchos años, sin embargo, como yo no había estado en el negocio de las abarroterías, y como era nuevo e inexperto en este trabajo de “ideas”, de alguna manera se me escaparon de la atención. Yo creí haber hecho un hermoso descubrimiento. Y esto demuestra  
nuevamente que muchos de nosotros aprendemos –no por observación— sino por la cruel experiencia.

Poniendo fin a la flojera.

El primer viaje como “captador de ideas” me llevó a Nueva York. Este viaje comenzó en noviembre de 1913. He de haber visitado muchos pueblos a lo largo de Iowa y de Illinois, pero el primero que me viene a la mente, ahora, es el sur de Michigan. Recuerdo haber pasado la noche en la Taberna Post de Battle Creek. Mi madre había sido una ardiente bebedora del Postum, pero a mí jamás me había gustado. Aquí, en el propio hotel de la compañía Post, fui inducido a ordenar su especialidad –Postum helado con crema batida. La forma en que lo prepararon fue tan deliciosa que jamás lo he olvidado. Me parece que el Sr. C. W. Post aún estaba vivo y que lo vi, ya sea en el vestíbulo del hotel o en el comedor.

Recuerdo haber parado en Ann Arbor, casa de la Universidad de Michigan. Probablemente fui al sur desde allí, y paré en Toledo, Fostoria, Sandusky, Bucyrus, Mansfield, Wooster, Massillon, Canton, Alliance y Youngstown en Ohio.

Luego entré a Pennsylvania, con Franklin como primera parada. Para este momento me sentía flojo y fui a ver a un osteópata en Franklin. Ocasionalmente había tomado tratamientos osteópatas –no como medicina para una enfermedad, sino más para que tomaran el lugar de un “entrenamiento” atlético en ocasiones en las que no tenía el ejercicio suficiente. En esta ocasión, pensé que un tratamiento podría mantenerme más alerta y ayudarme para el sentimiento de inactividad que quería combatir.

“Bien,” dijo el osteópata “estaría complacido en darte un tratamiento y en cobrarte si tú insistes, sin embargo, puedo decirte algo, sin cobrarte, lo cual te ayudará mucho más. Deja de comer tantos huevos.”

“¿Por qué?” exclamé sorprendido “¿Cómo supo que he estado comiendo muchos huevos?”

“Por el color y la condición de tu hígado” dijo él. Me explicó que yo tenía un hígado ‘torpe', el cual no asimilaría un exceso de huevos, de maíz o de cacahuates. Algunas personas parecían ser capaces de comer huevos todas las mañanas para el desayuno sin problema. Sin embargo, entendí con este osteópata, y con la subsiguiente experiencia, que mi hígado era aparentemente distinto. Puedo comer huevos ocasionalmente sin problema, sin embargo, debo evitar comerlos con regularidad. Y he encontrado que el jugo de limón parece ser el antídoto. De acuerdo con esto, desde entonces he comido huevos eventualmente y he tomado mucho jugo de limón. Si parezco tener cierto grado de energía y vitalidad física, es debido a que he sido –entre otras cosas—cuidadoso con mi dieta.

Menciono esto porque algunos de nuestros lectores pueden estar sufriendo de la misma flojera –de esa sensación de soñolencia permanente— la cual es causada por este tipo de hígado. De ser así, trate de eliminar lo huevos, el maíz y los cacahuates por un tiempo; y comience a tomar jugo de limón cada mañana (sin azúcar).

La lección que aprendí del río Niágara.

Luego fui al norte, me detuve en Oil City y en Titusville, Pennsylvania y en Buffalo. Pasé el 25 de diciembre de 1913 en las cataratas del Niágara. Jamás olvidaré esa primera visita a las cataratas. Primero hubo un deshiele y luego una nueva congelación. Todos los árboles brillaban a la luz del sol como millones de diamantes –especialmente sobre Goat Island.

Esta visita a las cataratas del Niágara me permitió salir de los Estados Unidos por primera vez en mi vida –caminé a lo largo del Puente Internacional hacia las cataratas en Canadá. Y hubo una experiencia en Goat Island que jamás olvidaré. Yo había caminado hacia la isla, alejándome de las cataratas, por una pequeña distancia. El río Niágara es muy veloz en ese punto. En el río noté una gran piedra –parecía como una gran barrera insuperable en el camino de las veloces aguas. Para mí, esta era como las barreras insuperables que nosotros confrontamos frecuentemente –las que nos retan a detenernos en nuestros procesos. Muchas personas se desaniman y desisten. PERO ESAS AGUAS NO. Las aguas de ese río se arremolinaban alrededor de esa gran roca, la golpeaban y la salpicaban. De una forma o de otra, las aguas lograban pasarla y continuaban veloces hacia su destino –es decir, las cataratas, y luego hacia los rápidos del río que iban a dar al Lago Ontario. Las aguas no se detenían, no desistieron. Ellas encontraron un camino alrededor de la impasable barrera y llegaron a su destino.

Yo decidí que si los elementos –sin mente y sin animación— podían vencer y encontrar un camino para pasar los obstáculos, yo también debía poder. Esta experiencia me ha venido frecuentemente a la memoria cuando el camino se torna difícil, o cuando estoy a punto de desanimarme y de desistir.

Mientras estaba en las cataratas, entré a la planta Shredded Wheat (trigo desmenuzado). Ellos recibían muchos visitantes, quienes eran llevados a conocer la planta en visitas guiadas. Al final del recorrido, los visitantes recibían una porción de trigo en la forma en que lo servían en la fábrica. Antes de esa oportunidad, el trigo me había sabido a paja, o a heno, sin embargo en la forma en que ellos me lo sirvieron –con rodajas de banano y crema, y con una hermosa taza de café— fue simplemente delicioso.

De visita con Elbert Hubbard.

Durante una escala dominical en Buffalo, pude permitirme una aventura personal. En dos o tres ocasiones había estado con Elbert Hubbard –un famoso escritor, autor, editor y disertante. Hubbard editaba y publicaba dos revistas nacionales con toque literario –“El Filisteo” y “The FRA”. Él mismo se las arreglaba para escribir la mayoría de su contenido.

Elbert Hubbard no era una plantita contraída. Él claramente admitía poseer el más amplio vocabulario que cualquier hombre hubiese tenido desde Shakespeare. En su propia clasificación de los autores norteamericanos –Washington, Franklin y Jefferson— él “modestamente” se calificaba como el número uno. Cuando el diccionario no tenía una palabra que satisficiera sus necesidades, él acuñaba una palabra que sí lo hiciera. Él usaba cabello semi largo, un gran sombrero de bordes anchos, y una corbata de artista. Él se codeaba con los grandes y con los casi-grandes –y los describía por escrito con una retórica impresionante. El precio de esto último era superlativo.

Él escribió “A Message to Garcia” (un mensaje a Garcia), el cual, junto con la Biblia, vendió más copias que cualquier otro escrito de esos días.

Para este momento, por unos años, había estado leyendo regularmente a Elbert Hubbard. Leí su “material” por consejo de mi tío Frank, a fin de buscar estilo, vocabulario e ideas para mi filosofía –aunque me había prevenido contra absorber sin cuestionar sus filosofías e ideas referentes a la religión. Hubbard era agnóstico. Él parecía poseer una gran sabiduría respecto al conocimiento de los hombres, los métodos y las cosas –sin embargo, todo indicaba que estaba desprovisto de conocimiento espiritual.

Y ahora vino mi oportunidad de visitar a este notable sabio en su famosa posada Roycroft, en East Aurora, Nueva York. Esto quedaba a una pequeña distancia desde Buffalo. Pasé la mañana en la posada, dando vistazos a libros, folletos y copias del “FRA” y el “Filisteo”. Luego de almorzar en la posada, vino Elbert Hubbard. Él me reconoció, pues me había visto antes en sus conferencias en Chicago y en Des Moines.

Él nos mostró el camino por el amplio pórtico y comenzó a surgir la diversión. Como lo recuerdo, habíamos cuatro personas –Hubbard, su hija Miriam quien era casi de mi edad, y otro invitado. Hubo un momento en que noté distraído a Hubbard y logré que cayera en una broma –su hija me regresó pronto el cumplido y me sacudió. Fue divertido.

Luego, Fra Elbertus –como le gustaba llamarse a sí mismo— nos llevó, a mí y al otro invitado, por un recorrido en las tiendas Roycroft, en donde se hacían impresiones artísticas de calidad. En el transcurso, él tomo una copia de lujo del libro “A Message to Garcia”, le inscribió mi nombre junto con su autógrafo y me lo entregó. Un poco más tarde, inscribió de igual manera una copia de su “Biblia Americana” y me la dio.

Cuando mi madre escuchó que Elbert Hubbard había publicado una nueva Biblia, se asustó mucho –luego yo le expliqué. La explicación del propio Hubbard era que la palabra “biblia” simplemente significa “libro”. Viene de la palabra griega “biblia” y por sí misma no tiene significado sagrado –simplemente designa a un libro. Claro que la “Biblia Americana” de Hubbard era una respuesta agnóstica a la “Santa Biblia”, a la cual él se refería simplemente como un escrito literario y religioso de los hebreos.

Como la Biblia está compuesta por una colección de varios Libros –los cuales fueron escritos por varios hombres— Hubbard reunió una selección de escritos de norteamericanos sobresalientes –incluyendo a Washington, Jefferson, Franklin, Emerson y Lincoln—y por supuesto a HUBBARD. Se puede tomar una pequeña idea del valor y de la importancia que Hubbard le daba a los escritos de estos norteamericanos, a partir del hecho que un poco más de la mitad del libro está lleno con los escritos de otros autores –combinados— mientras que solamente los escritos de Hubbard ocupan la otra mitad del libro.

En alguna parte, a partir de 1933, estos dos libros que Hubbard me autografió personalmente, se perdieron.

Felicidad a partir del ¿TRABAJO?

Al regresar a la posada, Hubbard dijo: “Todos bajemos al sótano”. Aquí fui puesto a trabajar al lado del Sr. Hubbard. Debía envolver grandes patatas de Idaho en pañuelos de papel, para empacarlas luego en “Cajas de Delicias”. En ese tiempo, los Roycroft anunciaban en sus publicaciones estas “Cajas de Delicias” como regalos de lujo. Estas eran atractivas cajas de madera, llenas con vegetales, frutas, nueces y otras “delicias”.

A medida que el Sr. Hubbard charlaba, repentinamente comenzó a reír. Yo le pregunté: “¿Qué es tan gracioso?” y él respondió “Sólo me estaba preguntando qué piensas realmente de mí. Me visitas como invitado, te cobro todo el precio de tu almuerzo, trato de que pases la noche aquí en mi hotel como un cliente más, y al mismo tiempo te pongo a trabajar sin paga.”

“Bien,” le dije “¿quién fue el gran filósofo que dijo ‘obtén tu felicidad de tu trabajo'?” Esto le agradó. Era su propia frase, la cual repetía frecuentemente en sus revistas. Y continué: “una vez estaba tratando de saber lo que realmente pienso de usted y le pregunté a un ministro unitario –quien lee su material— si sabía cuál era la religión que usted persigue. Él me dijo que no estaba seguro que usted tuviera alguna, pero que en caso la tuviera, él estaba seguro que se había originado en su BILLETERA.”

“Ha, ha, ha…” rió él alegremente… “y bien, que ME SALGO CON LA MÍA… ¿no es cierto?”

Luego de quizá dos horas de “obtener felicidad a partir del trabajo”, nos dirigimos al salón de música del hotel en la planta baja. Frecuentemente se llevaban a cabo conciertos dominicales en este salón, el cual tenía tres pianos de cola Steinway. Para este momento, aproximadamente mediodía, varios otros invitados habían llegado. Comparamos notas y solamente encontramos una pieza que los tres pudiéramos interpretar de memoria –el vals “The pink lady”.

Entonces, con Elbert Hubbard como maestro –con gran gusto y con grandes movimientos de los brazos— los tres pianos comenzaron a tocar, mientras que los allí reunidos cantaban o valsaban.

Y cuando terminó, Hubbard nuevamente me invitó a pasar la noche en el hotel, pero yo debía ir a trabajar al día siguiente, así que tomé el tren de vuelta a Buffalo.

Enviado a entrevistar a Henry Ford.

De Buffalo me fui a Rochester, Syracuse, Roma y Utica. Puede ser que me haya detenido en varios pueblos de Ohio, Indiana e Illinois en el camino de vuelta; o que me haya regresado en tren a Chicaco y luego directamente a Des Moines.

Tenía programado ir a Troy y a Albany, Nueva York; pero el 5 de enero de 1914 surgió una sensacional noticia en Detroit. La compañía de motores Ford había subido los salarios base de $2.40 por 9 horas al día a $5 por 8 horas. Esto logró los encabezados y las primeras planas de todos los periódicos del país.

Ese día yo llegué a Utica, Nueva York, y los editores del periódico me enviaron un telegrama en el que me decían que fuera inmediatamente a Detroit a entrevistar a Henry Ford. Ellos querían una historia respecto a esta bomba –basada en una entrevista personal a cargo de un representante del periódico.

El plan de $5 al día.

Al llegar a Detroit, me registré en el Hotel Statler –¡no!, pensándolo bien creo que esto fue antes que el Statler fuera construido, y por tanto me registré en el hotel Tuller— luego tomé un taxi hacia la planta de Ford, la cual en ese entonces estaba ubicada en Highland Park. Allí había un edificio de oficinas –de muchos niveles— en el frente, y creo que la gran fábrica estaba al fondo.

Al llegar al escritorio de la recepcionista, le comenté mi objetivo y le pedí una entrevista con Henry Ford. Ella dijo: “el Sr. Ford no es un hombre difícil de encontrar, y si usted lo desea puedo arreglarle una entrevista con él. Sin embargo, si lo que desea es información respecto al nuevo plan de pago, puedo decirle que el propio Sr. Ford no está tan familiarizado con todos los detalles como lo está el Sr. John R. Lee –cabeza del departamento sociológico. Verá, todo este plan fue creado por el Sr. Lee y su departamento. Él se lo presentó al Sr. Ford y al comité. Ellos lo revisaron y lo aprobaron, pero eso es todo. Ellos simplemente le asignaron esa administración al Sr. Lee y a su departamento. Así que él es el hombre que tiene todos los hechos y los detalles al respecto.”

Yo estaba allí para obtener los hechos –no para glorificar mi vanidad con el hecho de poder decir que había logrado una entrevista personal con un hombre como Henry Ford— así que le dije a la recepcionista que preferiría hablar con el Sr. Lee.

Recuerdo bien mi frase de apertura y su respuesta. “Sr. Lee,” comencé “ustedes están pagando en este momento los más altos salarios de la industria automotriz –o quizá de cualquier industria. Me gustaría conocer todos los detalles al respecto. “No, Sr. Armstrong,” me respondió “nosotros no pagamos los salarios más altos, al contrario, pagamos los salarios más bajos de la industria”.

“Pero,” titubeé “¿no pagan ustedes un mínimo de $5 al día? Y ¿no pagan las otras fábricas solamente $3.50 por ese mismo día?”

“Bien, es cierto” sonrió el Sr. Lee “pero aún con ello, todavía pagamos los más bajos salarios en la industria automotriz. Verá, nosotros no medimos el salario por los dólares que pagamos, sino por la cantidad de producción que recibimos por cada dólar pagado. El volumen de nuestras ventas es, por mucho, el mayor en la industria. Esto nos ha hecho posible el instalar un sistema de producción en cadena. Los carros Ford inician en un extremo de esta línea de producción. A medida que avanzan por esta línea, cada trabajador agrega su propia parte. Al final de la línea, cada carro es un producto terminado. De esta forma podemos establecer un ritmo de producción. A medida que cada carro llega a cada hombre, al hombre se le exige que complete la instalación de su parte en un tiempo limitado –antes que el carro pase al siguiente hombre. ¿Lo ve? Nosotros en realidad establecemos el ritmo al que cada obrero debe trabajar. No hay lugar para demoras, para holgazanerías ni para reducciones de velocidad. Nosotros establecemos la velocidad de la producción de cada hombre hasta un alto nivel de trabajo por hora.

Pagamos 43% más por obrero al día, pero obtenemos 100% más de producción de cada hombre –y solamente pagamos 43% más para obtenerlo. Entonces, como puede ver, en realidad pagamos los salarios más bajos de nuestra industria por lo que OBTENEMOS de nuestros obreros.”
“Y bien, si este plan le funciona tan bien a la compañía Ford, ¿por qué no lo adoptan otras compañías también?” pregunté.

“No pueden hacerlo” dijo el Sr. Lee “al menos no con su actual volumen de producción. Ahora, claro que si ellos alcanzan los volúmenes de producción necesarios, podrían adoptar perfectamente el sistema de producción en cadena.”

“Y ¿Qué hay de las uniones obreras?” pregunté. “Oh, nosotros no tenemos nada que ver en ellas. Nuestros hombres son libres para unirse si lo desean, sin embargo no hay razón para que paguen los derechos de la unión cuando ya han recibido un 43% por encima de la escala que fija la unión. Nosotros no reconocemos las uniones en ninguna forma, y tampoco negociaremos con ellas. En tanto nosotros paguemos por encima de la escala de las uniones, éstas simplemente no nos interesan.”

Me enteré que el departamento del Sr. Lee efectivamente visitaba los hogares de los empleados y regulaba sus estándares de vida para mantener a sus hombres al máximo de su eficiencia.

“Ahora bien,” proseguí “no se oponen los empleados a esta interferencia y a esta regulación incluso de su vida privada –y al hecho de ser forzados a mantener semejante ritmo de trabajo?”

“La respuesta a eso es económica. Claro que deben trabajar más fuerte y que deben someterse a algunas de nuestras regulaciones –incluso en su vida privada— sin embargo, hay suficientes hombres dispuestos a someterse a estas condiciones a cambio de recibir casi medio sueldo más del que podrían obtener en otra parte.”

Y allí, como lo recuerdo luego de 60 años, está la historia del plan de $5 al día que causó sensación en su época. Su tiempo vino y se fue. Luego otras fábricas de automóviles se expandieron al sistema de producción en cadena y por tanto la compañía Ford quedó al nivel de las demás –al menos en lo que a situación laboral respecta. Ford peleó por mucho tiempo contra el reconocimiento y contra la negociación con las uniones de obreros, pero finalmente fue forzado a aceptarlas.”

El Sr. Lee insistió en llevarme, personalmente, a mi hotel. Los autos de los oficiales de la compañía estaban parqueados en un amplio camino que estaba en medio del edificio administrativo y la fábrica. Él me llevó a la fábrica para que diera un vistazo. Y cuando íbamos de regreso, vimos a Henry Ford a punto de subirse a un auto que estaba a unos veinte pies de allí. El Sr. Lee me pidió que lo disculpara por un momento y dijo que había algo de lo que quería hablarle al Sr. Ford. Por tanto, efectivamente vi a Henry Ford pero no le hablé.

Cómo Cristo es el Creador.

Mucho después, luego que mi mente se abriera al entendimiento bíblico, esta experiencia me vino nuevamente a la mente como una ilustración de cómo la Biblia representa el hecho de que Dios Todopoderoso es el Creador Supremo, y sin embargo todo lo que existe fue creado por Jesucristo (Juan 1:3; Col. 1:16).

En Efesios 3:9 se afirma que DIOS creó todas las cosas por medio de Jesucristo. Henry Ford fue, mientras vivió, el fabricante de los carros Ford. Sin embargo, cuando visité la fábrica Ford, vi al Sr. Ford de pie y con un traje muy formal. Eran sus empleados los que en realidad hacían el trabajo de fabricar los automóviles. Ellos lo hacían por él –por su mandato. Y ellos lo hacían con herramientas, máquinas y poder eléctrico.

De igual forma, Dios es Creador Supremo. Sin embargo, Él le delegó el trabajo de crear al Ser que luego se convirtió en Jesucristo –es decir, el “Logos” quien era el VERBO —el VOCERO. Y Él, Cristo, utilizó el PODER del Espíritu Santo.

En Génesis 1:2 leemos que el ESPÍRITU de Dios se movía sobre la faz de las aguas. Él, Cristo –el VERBO— habló y fue hecho (Salmos 33:9).

Escriba su autobiografía a medida que vive.

En este punto me propongo ofrecerle al lector algunos consejos sobre cómo escribir una autobiografía. No espere hasta tener 65 años de edad para escribirla. Comience a escribirla a los 3 ó 4 años y sígala por partes –a medida que va viviendo. Escríbala mientras los eventos aún estén frescos en su mente. Y por supuesto que este método tiene desventajas. Una de ellas es que en ese momento usted no sabrá qué eventos sobresaldrán más adelante como algo importante o interesante. Usted probablemente escribirá cincuenta veces más de lo que usará finalmente. Sin embargo, encuentro que el tratar de escribirlo todo en retrospectiva es un tanto frustrante también. Muchas cosas se hacen confusas y se confunden los eventos. Por ejemplo: cuando comencé a escribir acerca de estos viajes como “captador de ideas”, estaba seguro que el primer viaje me había llevado a Grand Island, Nebraska, Kansas, Oklahoma y Texas; y luego a Alabama, Tennesse y Kentucky. Comencé a redactarlo de esa forma, sin embargo vi que no estaba funcionando. Y luego, de alguna parte en los misteriosos restos de mi memoria, vino el recuerdo de cómo el primer viaje fue a Nueva York. Esa porción tuvo que ser re escrita.

Incluso ahora me parece que he de haber comenzado en este trabajo como “captador de ideas” mucho antes de lo que recuerdo, y que el período que pasé en la “composición” de revistas en “Successful Farming” lo usé en medio de algunos de estos viajes. En cualquier caso, estoy haciendo todos mis esfuerzos para alcanzar la exactitud. Este recuento, tal como lo está leyendo, está aproximadamente exacto.

Una de las razones por las que menciono los nombres de las ciudades y los pueblos que visité en estos viajes, es por el hecho de que la revista La Pura Verdad tiene lectores en todos estos lugares, y siento que el hecho de saber que he visitado sus pueblos puede agregarle cierto interés a los lectores. Pienso que en la mayoría de lugares aún puedo nombrar los hoteles en los que me hospedé.

Convitiéndome en un “pájaro madrugador”.

El segundo viaje como “captador de ideas” comenzó unos pocos días después de regresar a Des Moinés en enero de 1914. Este segundo viaje me llevó a Atlanta, Georgia; a la costa Atlántica de Virginia; y de regreso. Recuerdo algunos eventos de este viaje y unos pocos son dignos de relatarse.

En este viaje recorrí por algunos días el río Mississippi en un barco de vapor. Primero fui a Davenport, Iowa e hice algunas paradas en busca de ideas en algunos pueblos que estaban en el camino. También viajé en bote a Muscatine, Ft. Madison y Keokuk, Iowa; donde el bote era bajado por las cerraduras del dique del barco. Este último medio de transporte –en el bote— terminaba en Quincy Illinois. El viajar en bote era muy intrigante en ese tiempo.

El itinerario luego me llevó de Illinois a Springfield, Decatur y Mattoon; luego a Terre Haute, Indiana; luego al sur en Vincennes y Evansville; luego a Henderson y Hopkinsville, Kentucky. En Hopkinsville recuerdo que fui asignado a la “suite nupcial” del hotel –de la cual los empleados estaban efusivamente orgullosos. Esta era un amplio cuarto –un tanto antiguado— acomodado en una forma que el personal consideraba distinguida.

Luego hice otras escalas en Clarksville y Nashville, Tennesse; y luego una noche que recuerdo muy bien en el hotel Patton en Chattanooga.

En esa época yo estaba durmiendo tan bien por las noches que debía hacer una esfuerzo sobrehumano para levantarme por las mañanas. Todo lo que había leído acerca de las vidas de los grandes hombres exitosos indicaba que se levantaban temprano. Y hay un viejo dicho que reza: “el pájaro madrugador obtiene el mejor gusano”. No era que yo deseara gusanos, pero sí quería ser exitoso.

Un hombre exitoso debe disciplinarse a sí mismo. Yo me había determinado a establecer el hábito de levantarme temprano. No siempre podía depender de los empleados de un hotel para que me despertaran con una llamada cada mañana –especialmente en los hoteles de los pueblos pequeños— así que compré un pequeño reloj de alarma y siempre lo llevaba conmigo. El problema resultó cuando noté que apagaba la alarma, –aún soñoliento— me daba la vuelta y regresaba a dormir. Pero aún estaba determinado. En el hotel Patton, antes de irme a dormir, llamé a un botones.

“¿Vas a estar en turno mañana a las 6:00 a.m.?” pregunté.

“Seguro que sí” me respondió.

“Bien, ¿ves esos cincuenta centavos en mi cómoda?” le dije.

Sus ojos brillaron. La propina usual en ese tiempo eran diez centavos. Medio dólar era una propina muy grande.

“Vendrás a mi puerta a las 6:00 a.m.” continué “y tocarás hasta que te deje entrar. Luego te quedarás aquí hasta que veas que me he vestido y luego ese dinero será tuyo.”

Pueden estar seguros que no me volteé ni regresé a dormir la mañana siguiente. Este sistema funcionó tan bien que lo mantuve hasta que se estableciera el hábito del “pájaro madrugador”. Este es un ejemplo más de cómo me auto incité –de cómo me forcé— a hacer lo que debe ser hecho, y no cedí ante las inclinaciones o los impulsos.

Guantes de seda.

Este viaje comenzó a principios de enero, inmediatamente después del viaje a Nueva York. En Iowa habíamos usado guantes durante el invierno, guantes de piel para vestir. En Atlanta el clima era muy cálido como para guantes de piel. No estoy del todo seguro, ahora, de haber necesitado guantes. Nadie pensaría en usar guantes en el sur de California, y no es considerablemente más frío en Atlanta, así que quizá el principal incentivo para usarlos era “verse elegante” –más que el hecho de tener las manos frías. El punto es que compré guantes de seda con tres franjas de trenza negra por atrás. Si la vanidad es el principal ingrediente de la naturaleza humana, yo tenía mi porción de naturaleza humana. Supongo que un pavo real se siente como yo me sentía.

En Atlanta me detuve en un angosto pero alto hotel –Wynecoff. Este hotel fue hecho famoso a nivel nacional por un terrible incendio sucedido muchos años antes. Recuerdo haber elegido ese hotel por ser “a prueba de fuego”.

Al comenzar el camino de regreso al norte, hice algunas paradas en Gainesville, Ga y Greenville, Carolina del Sur. Cerca de Greenville había un famoso rancho. Pasé un domingo allí, y con otros viajeros recorrimos el lugar. Aún conservo una o dos fotografías que tomé en el lugar.

Luego seguimos a Spartanburg, Charlotte y Greensboro, Carolina del Norte; luego por Lynchburg, Virginia; y de allí partimos al oeste, para detenernos en Roanoke, Bluefield, Virginia, Ironton y Portsmouth, Ohio. Las siguientes paradas fueron en Chillicothe, Columbus, Springfield, Piqua y Daton en Ohio.

El humo no se puede DEGUSTAR.

Luego pasé otro domingo en Richmond, Indiana. En el entresuelo del hotel surgió una discusión entre cinco o seis hombres viajeros. Uno de los hombres hizo la ridícula afirmación que nadie puede degustar el humo. Los otros hombres se rieron.

“Estas loco” exclamó uno. “todos los fabricantes de puros y de cigarros anuncian que su marca SABE mejor”.

“Cierto,” dijo el compañero ‘loco' “pero no es cierto. Tú solamente hueles el humo del tabaco –no puedes degustarlo”.

Él ofreció probarlo. Fuimos al mostrador de puros y compramos tres juegos –dos de cada uno exactamente iguales— y regresamos al entresuelo. Al primer incrédulo se le pidió que pusiera dos puros idénticos en su boca, uno a la vez, y que encendiera solamente uno de ellos. Luego le taparon los ojos y otro compañero le tapó la nariz para que no pudiera oler. Finalmente le colocaron el puro encendido en la boca.

“Ahora, dinos qué puro puse en tu boca –en encendido o el no encendido. Vamos, fúmalo. Dinos qué cigarro estás fumando”. Este fue el desafío del ‘patán loco'. El tipo dio dos o tres bocanadas.

“Ah,” dijo el tipo “esto es ridículo. ¿Por qué he de fumar este puro? No está encendido. No hay humo saliendo de esto.”

Luego le destaparon los ojos y se sorprendió al verse sacando humo como una chimenea. El experimento fue intentado con otros dos o tres hombres –tanto con puros como con cigarrillos. Todos nos convencimos que EL HUMO NO PUEDE DEGUSTARSE –y usted probablemente dirá que todos estábamos locos. No obstante, desde esa vez me ha sido difícil creer que alguna marca de cigarrillos “sepa mejor” –por la simple y sencilla razón que me convencí de que no “SABE” a nada –simplemente “APESTA”. Y lo digo literalmente.

Luego de visitar Muncie, Anderson, Indianapolis y Lafayette en Indiana, fui a Chicago y regresé a Des Moines.