Autobiografía de
Herbert W. Armstrong

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Capítulo 11

NUESTRO PRIMER HIJO

Por cuatro meses, después de nuestra boda, vivimos en la parte norte de Chicago –cerca del lago. Durante ese breve período habíamos ocupado dos apartamentos amueblados y una habitación amueblada.
Ya para el tiempo de Acción de Gracias, 1917, nos mudamos a una habitación en la parte sur. Charley y Viva Hyle nos sub arrendaron esta habitación en su apartamento en la calle 63.

Charley Hyle trabajaba en el turno nocturno de una planta de automóviles. Mi esposa y Viva se hicieron buenas amigas. En realidad, a pesar que nosotros solamente estábamos rentando una habitación con derecho de cocina y comedor, compartíamos todo el apartamento con ellos –sala, comedor, cocina y todo.
Para entonces, nosotros ya sabíamos que seríamos padres. Nuestro primer bebé nacería a finales de mayo.

Nuestro primer hijo nace

Probablemente fue la marca positiva, en la pregunta referente al embarazo de mi formulario de reclutamiento, la que hizo que el presidente del consejo –profesor J. Paul Goode— me diera una clasificación “clase 4” de reclutamiento.

Vivimos con los Hyles hasta poco antes del nacimiento de nuestro hijo. En enero de 1918, mi esposa me acompañó a un viaje de negocios a Des Moines. Ambos queríamos que nuestro bebé naciera en Des Moines. Mi esposa había desarrollado una intensa aversión hacia la artificial y mecánica ciudad de Chicago.

Al llegar a Des Moines, mi esposa encontró que la mamá de su amiga estaba en el hospital –recién había tenido a su décimo hijo. El método moderno de parto con anestesia aún comenzaba en esa época. Esta señora le recomendó a mi esposa este método, y LA DOCTORA –una médica obstetra, Georgia Stuart. Mi esposa prefería a una doctora y yo no me opuse. Por lo tanto, visitamos a la Dra. Stuart para una revisión. Mi esposa fue retenida.

Nuestro bebé nacería cerca del 25 de mayo, por lo que hicimos nuestro siguiente viaje a Des Moines con suficiente tiempo de antelación –o al menos eso creíamos— y llegamos el 5 de mayo. El lunes fuimos nuevamente a la clínica para una revisión. Yo debía hacer un viaje de negocios de una semana hacia Sioux y hacia algunos otros puntos.

“Usted está en condiciones espléndidas” aseguró la Dra. Stuart. “Podemos esperar que el bebé cumpla su tiempo de gestación, y creo que es perfectamente seguro que la Sra. Armstrong pueda estar fuera por el resto de la semana.”

La hermana de mi esposa, Bertha Dillon, vino a quedarse con ella en nuestro apartamento en Brown –un hotel residencial en el que nos quedábamos siempre que íbamos a Des Moines. Yo partí ese lunes para Sioux.

A eso de las 2:00 a.m. del martes, mi esposa sabía que el bebé estaba por nacer –dos semanas prematuro. Mi esposa llamó a la Dra. Stuart por teléfono, y la doctora le dijo que se vistiera porque pasaría por ella para llevarla al hospital de una vez.

En aquellos tiempos, las mujeres usaban zapatos altos amarrados, y mi esposa, en la emoción de la emergencia –muy asustada por el hecho que yo estaba lejos y que este era su primer bebé— no pudo amarrarse sus zapatos. Su hermana también tuvo mucho trabajo para amarrarse los suyos.

Finalmente lo lograron y estuvieron listas para partir. Bertha me envió un telegrama que decía que me apresurara a tomar el primer tren a Des Moines.

Para ese viaje yo me había hospedado en el Hotel West de Sioux. Por alguna razón, me había dormido hasta un poco tarde esa madrugada del martes. Al bajar a desayunar –a eso de las ocho— vi que en mi casilla había un telegrama que había llegado a las 3:30 a.m.

“Rayos” exclamé, “¿cuándo sale el siguiente tren a Des Moines?”
“El único tren que va a Des Moines durante el día ya partió hace 15 minutos” fue la respuesta.

Yo estaba furioso.

“Vea este telegrama” le grité al recepcionista del hotel. “Llegó aquí a las 3:30 a.m. y esto me daba suficiente tiempo para tomar el tren. ¿POR QUÉ NO ME LLAMÓ O ME LO ENVIÓ A MI HABITACIÓN?”
“Bien, supongo que el recepcionista de la noche no quiso molestarlo” fue la despreocupada respuesta. Yo no podía estar más enojado.

“AHORA VEA,” dije fuertemente “debe haber alguna forma de llegar a Des Moines antes que el tren de mañana”.

“Bien,” dijo el recepcionista, “hay un tren que sale hacia Council Bluffs y Omaha en treinta minutos; pero no sé si usted pueda hacer alguna conexión de allí hacia Des Moines”.

En esos treinta minutos empaqué mis maletas y abordé el tren hacia Council Bluffs. En la estación me enteré que si llegaba a tiempo a Council Bluffs, había posibilidad de atravesar el pueblo en taxi y de alcanzar el tren en Rock Island, para llegar a Des Moines a las seis de esa tarde.

Rápidamente garabateé un telegrama para mi cuñada en el que le daba el número de tren, y en el que a la vez le pedía que me enviara las noticias de mi esposa a alguna de las estaciones del tren en el camino.

Un padre sufre dolores de parto

Con muchos nervios, me mantuve preguntando en cada estación de tren si había llegado el telegrama. No había telegrama. El suspenso estaba creciendo. Este se hacía casi insoportable.

Logramos llegar a Council Bluffs a tiempo. El taxi atravesó rápidamente el pueblo. El conductor del taxi pensó que yo podría tomar tres minutos para tratar de hacer una llamada de larga distancia. Yo no había tenido tiempo para tratar de localizar a Bertha por teléfono desde Sioux –apuradamente pude alcanzar el tren. El conductor se detuvo enfrente de la cabina telefónica y yo corrí a tratar de comunicarme a Des Moines. Los tres minutos se pasaron antes que pudiera hacer la llamada.

Finalmente tomé el tren de Rock Island a Des Moines. Pero el tren no parecía correr –en realidad parecía que iba caminando muy despacio. ¿POR QUÉ no podía ir un poco más rápido? El tren no parecía tener prisa. Hacía incesantes paradas.

El tiempo seguía, mi estado nervioso se incrementaba. El suspenso crecía.

A mí no me parecía que hubiéramos llegado a Des Moines ese mismo día a las 6:00 p.m. Yo sentía que había llegado seis noches después –al menos eso me parecía a mí.

Luego de una eternidad de suspenso, antes que el tren se hubiera detenido completamente, yo era el primer pasajero en bajar del tren en Des Moines. Corrí a toda velocidad hasta el teléfono de la estación.

Una enfermera del Hospital Metodista dijo dulcemente: “Usted tiene una linda hija de siete libras con nueve onzas”.

Yo ni siquiera escuché eso.
“Me importa un pepino eso” contesté. “¿CÓMO ESTÁ MI ESPOSA?” Yo había pasado un día agonizante al no saber si mi esposa había sobrevivido.

Como verán, esta era mi primera experiencia de ser padre. Yo no sabía en aquel tiempo que los doctores afirman que jamás han perdido a un padre durante un parto.

“Oh,” dijo la dulce y lenta voz de la enfermera, “ella está BIEN.” Por fin pude relajarme un poco, y corrí a un taxi para que me llevara al hospital.

Los bebés no dejan de respirar

Al entrar a la habitación privada de mi esposa, me sentí aliviado al verla sonriendo alegremente y estirando sus brazos hacia mí. La besé, y casi inmediatamente la enfermera trajo a nuestra hija –Beverly Lucile. Ella era el bebé más hermoso que yo hubiese visto. Me sentía orgulloso.

Mi esposa siempre había tenido una propensión a nombrar bebés. Ella le había puesto nombres a decenas de bebés, siempre que las otras madres se lo permitieran. Y por supuesto que ella ya había elegido el nombre para Beverly mucho antes que ella naciera. De haber sido niño, ella lo habría llamado Herbert Junior. Sin embargo, para cuando nuestro primer hijo nació –más de diez años después— ya habíamos cambiado de opinión respecto al nombre “Junior”.

Cuando nuestro bebé acababa de nacer, mi esposa, parcialmente bajo efecto de anestesia, preguntó:
“¿Qué es, niña o niño?”
“Es niña” respondió la Dra. Stuart.
“Nena, Beverly” dijo mi esposa con énfasis.

Luego de diez días, los doctores la dieron de alta del hospital y nuestra pequeña familia de tres –junto con Bertha— regresó al Brown. Había un pequeño balcón fuera de nuestro apartamento. La bebita estaba acostada sobre la cama y nosotros nos sentamos en el balcón.

Luego escuchamos un leve sonido del bebé.
“Rápido,” exclamó mi joven esposa con mucho nerviosismo, “ve si el bebé aún respira”.

Tuve que apresurarme a entrar para asegurarle que los bebés no dejan de respirar sin razón. Siempre que la bebita hacía un sonido, mi esposa sentía que se estaba ahogando hasta morir.

En nuestro apartamento teníamos una pequeña estufa. El primer baño del bebé fuera del hospital fue toda una experiencia. Era la primera experiencia de mi esposa. Ella sentía mucho miedo de que la bebita fuera a resfriarse, así que encendió la estufa hasta que la cocina quedó tan caliente que la bebita gritaba por el calor.
La joven madre no sabía por qué lloraba la bebé –se asustó y supuso que algo terrible le ocurría a la bebé. Tanto el sudor como el llanto rodaban por la cara de mi esposa. Ella temía hasta que el aire tocara al bebé, así que se apresuró con el baño.

Cuando la bebita lloraba, o incluso cuando gritaba por el exceso de calor y la falta de oxígeno, su joven madre comenzaba a llorar también –sin saber la causa de la incomodidad de la bebita. Sin embargo, a pesar de todo, ella terminó de bañar al bebé con mucha determinación. Muchas madres jóvenes tienen muchas cosas que aprender, al igual que los padres.


La epidemia de gripe


Ahora ya había pasado el 20 de mayo de 1918. Una epidemia de gripe había atacado a los Estados Unidos durante la propia crisis de la guerra. La gente estaba muriendo por toda la nación, y especialmente en las ciudades más grandes.

Decidimos no regresar con nuestra bebita a la congestión de Chicago. En cambio, rentamos una casa en Indianola, Iowa –a 18 millas de Des Moines— en donde había menos gente y un menor riesgo de quedar expuestos a la nueva enfermedad. La casa que rentamos quedaba cerca del campus universitario Simpson.

Dejé a mi esposa e hija con Bertha, y regresé solo a Chicago para ver mis negocios. En las estaciones del tren, muchos ataúdes eran subidos a los carros de equipaje de la mayoría de los trenes. El contenido eran los cuerpos de las víctimas de la influenza. Nosotros no habíamos querido exponer a nuestra bebita en un viaje a Chicago. Ya en Chicago, vi mucha gente en el tráfico que usaba mascarillas de tela sobre su boca y su nariz para evitar inspirar un germen.

Luego de unos tres meses, decidimos que la familia no podía permanecer separada –y yo tampoco podía pagar los frecuentes viajes a Iowa para estar parcialmente con mi familia. Decidí traer a mi esposa y a mi hija de regreso a Chicago. Esta vez rentamos una habitación junto a una familia de apellido Bland, la cual tenía un apartamento al sur de la calle 63, no muy lejos de los Hyles, quienes se habían mudado para esta época.

Comencé a concentrarme más y más en desarrollar el negocio de los tractores agrícolas para el Northwestern Banker. Como ya lo mencioné, Clifford DePuy –editor del Northwestern Banker— había comprado la empresa del St. Louis Banker y le había cambiado el nombre a Mid-Continent Banker.

Él colocó a un antiguo amigo mío, R. Gullerton Place, como editor y gerente del Mid-Continent Banker. Algunos años antes –cuando yo tenía unos 18 años de edad y era agente del departamento de anuncios clasificados del Daily Capital en Des Moines— el Sr. Place era el editor de deportes del Capital. Nosotros siempre le decíamos el apodo “Rube” Place.

También mencioné ya que después que este “acceso de locura” –referente a los tractores agrícolas— me atacara, hice estudios exhaustivos para obtener los hechos y la información que los fabricantes no tenían respecto a sus problemas de distribución. Con esta información bien clasificada y analizada, pude acercarme a los fabricantes en la industria de los tractores –con hechos que ellos mismos desconocían acerca de sus problemas de ventas y de distribución.

Encontré que los banqueros desanimaban inevitablemente al granjero –es decir, lo convencían para que no comprara el tractor. Los lectores de mis revistas –los banqueros rurales— persuadían a miles de granjeros para que no compraran tractores, luego que el vendedor les hubiera ofrecido un tractor. Nuestros lectores promovían una resistencia mayor que cualquier otro grupo.

Por tanto, fue importante para la industria de los tractores el “venderle” a los banqueros los métodos modernos y mecanizados de la agricultura.

Negociar con millonarios

Se hizo necesario el negociar directamente con los presidentes de estas grandes corporaciones. Así, una vez más, fui lanzado a estar en contacto con importantes ejecutivos millonarios. Estos contactos fueron importantes para capacitarme para la gran obra para la que yo estaba destinado en el futuro.

Sin embargo, muy pronto me enteré que era bastante difícil el inducir a un alto funcionario de una gran compañía con distribución nacional, para que se anunciara en un pequeño diario bancario que cubría solamente cinco estados. Ellos estaban acostumbrados a hacer negocios en grande –con cobertura nacional.

Pienso que he de haber adquirido un poco de su visión. Más adelante, cuando se me presentaron los medios de la radio y de la imprenta para la gran Comisión, parecía natural que mi pensamiento estuviera constantemente enfocado en las líneas de expansión –primero de Lane Country, Oregon hasta Portland; luego hasta el noroeste del Pacífico; luego hasta California y la costa; luego a nivel nacional; y finalmente AL MUNDO. Creo que mis lectores captarán rápidamente cómo estos años me dieron el fundamento necesario para la gran Obra de hoy.

Por supuesto que todos estos fabricantes de tractores agrícolas se anunciaban a través de agencias de publicidad. En las agencias –incluso más que en las oficinas de los presidentes de las corporaciones— yo estaba tremendamente limitado porque solamente representaba a una circulación pequeña. Ellos, por el contrario, compraban espacios a nivel nacional.

Un nuevo acceso de locura

Esta situación me inspiró a un nuevo acceso de locura –el cual también he mencionado en esta autobiografía. Había siete diarios bancarios principales y dos revistas nacionales. Se requería de las nueve publicaciones para cubrir toda la nación con una circulación intensiva.

Yo comparé mi situación con la de los actores del mundo del espectáculo. A un actor en un teatro de Broadway le pagan por actuar cada noche, y para ser visto por miles de personas, el actor debe actuar una y otra vez –noche a noche. Sin embargo, un actor de películas en Hollywood, actúa solamente una vez, y esto puede ser visto en cientos y cientos de salas. A las estrellas de Hollywood les pagan cientos de miles de dólares, mientras que a los actores de Broadway les pagan escasamente cientos. Por tanto, la estrella de película recibe una múltiple compensación por un solo esfuerzo.

Yo razoné que me sería muchísimo más fácil vender un paquete de circulación nacional –una cadena de nueve revistas con un solo esfuerzo. En otras palabras, sería mucho más fácil hacer nueve comisiones con una sola visita –que ganar solamente una comisión por la misma visita.

Inmediatamente la idea encontró una enfática y determinada resistencia por parte de Clifford DePuy. Yo era su representante de Chicago, y él no compartiría mis servicios con nadie más.

Le dije a Cliff que yo estaba absolutamente seguro de poder enviarle más negocios con este nuevo arreglo –solamente con una comisión del 30%— que los que le podía conseguir como su representante exclusivo –por una comisión del 40%. Él pensaba que yo no podría conseguir tantos negocios para su revista si él compartía mi tiempo con otras siete. Él quería que le dedicara todo mi tiempo solamente a sus revistas. Esto era como la fuerza irresistible que se enfrenta a la piedra inamovible.

Ambos estábamos firmes.

Y todo llegó al clímax una noche en las oficinas del Mid-Continent Banker en St. Louis. Yo había estado negociando en St. Louis y el Sr. DePuy estaba allí. Yo necesitaba un cheque por adelantado a fin de tener dinero para regresar por tren a casa en Chicago.

“Bien,” dijo Cliff, “acepta desistir de tu fantástica idea de representar a siete medios y quédate exclusivamente como mi representante, y te daré el cheque.”

Él me tenía ‘contra la pared’ –o eso pensó. En realidad, su ultimátum era completamente justo y razonable desde su punto de vista. Sin embargo, yo no podía verlo así. Para mí el proyecto representaba más negocios que antes, y una reducción del 25% en el costo por negociar. Yo sentía que él debía ayudarme a establecerme.

Seguimos y seguimos discutiendo y ninguno cedía. El Sr. Place trató de hacerme ceder. Incluso citó la Biblia y me dijo: “la Escritura dice ‘a aquel que tiene, a ese se le dará; mas a aquel que no tiene, aún lo que tiene le será quitado’. En este caso Cliff tiene y tú no tienes. Simplemente cede, Herbert, o no tendrás forma de regresar a Chicago.”

“Jamás cederé” le respondí con determinación. “Comenzaré a CAMINAR hacia Chicago antes de ceder o de abandonar mi plan. Si no desea darme dinero para gastos por adelantado, puedo abandonar esta oficina y comenzar a caminar. Encontraré la forma de llegar a casa y llevaré a cabo esta cadena de medios bancarios.”

Cuando Cliff vio cuán determinado estaba yo en esta confrontación, él no estuvo dispuesto a dejarme comenzar a caminar de regreso a Chicago. Él me dio el dinero para gastos que necesitaba.

Sin embargo, diré que hice lo mejor que pude para que fuera una buena inversión. Afortunadamente lo logré. Realmente le envié muchos más anuncios al ofrecer un plan de nueve revistas –circulación nacional— de lo que podría haberle enviado de otra forma. Y con todo, a él le costaba menos porque mi comisión era menor.

En aquellos días trabajaba por temporadas. Yo parecía tener mis días “libres” y luego mis días “de trabajo”. Cuando estaba en tiempo “laboral”, yo era ‘entusiasta’; y, tal como lo presumía, al menos era muy brillante. Sin embargo, durante mis días “libres” parecía que yo no podía vender nada. Con mucha incomodidad me hice consciente de esta gran falla y traté de combatirla, sin embargo, me tomó años vencerla. Al final lo logré.

En realidad, durante estos años siguientes yo no trabajé más de cuatro o cinco días al mes. Sin embargo, con las nueve revistas y la circulación nacional, la comisión por media página –o por una página completa— era mucho mayor. Afortunadamente no necesitaba tener muchos de esos días brillantes, para hacerme un buen ingreso anual.

Por lo que recuerdo, mi ingreso para 1918 era de aproximadamente $7,300; para 1919 era de aproximadamente $8,700; y para 1920 ya sobrepasaba los $11,000. Cuando se considera lo que valía un dólar en aquellos días, estos eran excelentísimos ingresos.


La oportunidad en Curtis

No muchos conocían mi falla de trabajar por temporadas –en mis días “buenos”. Los hombres con los que negociaba no lo sabían porque yo solamente los llamaba en “buenos” días. En mis días “afortunados” yo era absolutamente confiado en mí, y por consiguiente era efectivo.

Muy pronto conocí y me di a conocer casi en todas las agencias de publicidad de Chicago. El representar a los nueve diarios bancarios líder –con un monopolio virtual en la representación del campo bancario y con una circulación nacional que ofrecer— reforzó mi prestigio con las agencias. Todos en ese medio llegaron a conocerme como el representante de publicidad que “conocía su trabajo”. Además, para finales de 1918, ellos ya sabían que yo era absolutamente honesto en los asuntos de los diarios bancarios –fuesen asuntos de los medios que yo representaba o de la competencia.

Como la circulación de los diarios bancarios era pequeña –a pesar de ser muy alta en calidad— los precios por página eran comparativamente bajos. Las agencias obtenían comisiones muy pequeñas por los negocios que anunciaban en los diarios bancarios. Y cuando llegaron a confiar en mi conocimiento y mi honestidad, la mayoría de las agencias de Chicago venían a mí –casi todas juntas— a pedirme consejo referente a cualquier espacio que se usara en los diarios bancarios.

En aquel tiempo, la organización más grande en el campo de la publicidad era la compañía Curtis de Filadelfia –la cual publicaba el “Saturday Evening Post”, el “Ladies’ Home Journal” y “The Country Gentleman”. Ellos eran considerados como la gente más agresiva en el negocio de la publicidad. Era cuestión de prestigio el pertenecer a su personal.

En ese mismo tiempo, la organización Curtis estaba buscando a un brillante y prometedor agente que mostrara posibilidades de desarrollarse hasta llegar a una posición ejecutiva. Ellos le preguntaron a los anunciantes y a los hombres de negocios de la mayoría de agencias –y pidieron la recomendación del hombre más prometedor en el campo de los agentes. Yo era uno de los dos mejor recomendados por las agencias de Chicago; y fui llamado a la oficina Curtis de Chicago, en donde el gerente me ofreció la oportunidad de unirme al personal de esa empresa.

Era una oportunidad muy aduladora. Sin embargo, yo quería estar SEGURO antes de hacer algún cambio. Para este tiempo yo finalmente había aprendido la lección de permanecer en algo –y de no estar cambiando constantemente. Fui a pedirle consejo a Arthur Reynolds, presidente del banco Continental & Commercial –el banco más grande de Chicago y el segundo más grande del país..

Él presionó un botón en su escritorio. Una secretaria apareció inmediatamente.
“Tráigame nuestro archivo de la compañía Curtis de Filadelfia” dijo él. Le llevaron rápidamente el archivo. Él lo revisó rápidamente. Yo noté que el material del archivo estaba marcado con lapicero rojo –como para llamar su atención rápidamente a la información más importante.

“Te voy a aconsejar que te quedes donde estás” concluyó luego de unos momentos. “Los Curtis son una organización de gran prestigio. Sin embargo, tú serías solamente un cachorro entre ellos –estarías comenzando casi desde el fondo. Tomaría años antes de que fueras notado por alguno de los hombres que están en la cima. Algunas de estas grandes compañías cuidan muy bien a sus hombres, pero otras pagan salarios muy bajos.

La gente de Curtis no tiene que pagar grandes salarios por el trabajo. Con ellos serías una pequeña rana en un gran charco. Mientras que donde estás, eres una gran rana en un pequeño charco. Tienes tu propio negocio. Lo has desarrollado hasta el punto que te lleva a estar en contacto con grandes e importantes hombres. A mi modo de ver las cosas, esto es un mejor entrenamiento para tu futuro éxito, que cualquier otra cosa que te puedan ofrecer los Curtis. Claro que es adulador que las agencias de publicidad te hayan catalogado como uno de los dos agentes más prometedores y efectivos de Chicago. Ahora bien, toma esto como una motivación para dirigirte a tí mismo a mayores logros. Creo que estás bien en donde estás.”
Tomé su consejo. Rechacé la oferta de los Curtis.



Un competidor encolerizado

En esa época, ocurrió un incidente que ilustra la confianza que había conseguido en las agencias publicitarias de Chicago. Un día, el publicista de la agencia Critchfield me llamó por teléfono.
“Hay aquí un Sr. Chazen,” dijo (el nombre ha sido cambiado por razones obvias). “Él dice que es editor de tres revistas bancarias: una que circula en Illinois, Indiana y Winsconsin; otra en Nebraska; y una en Kansas y Oklahoma. ¿Es eso recomendable?”

En realidad no era nada bueno. Era una farsa y yo le dije la verdad.

“No, todo es una farsa. Él en efecto tiene una buena circulación en Nebraska, pero es todo. Él le pone una cubierta distinta –con diferente nombre— a unas cuantas copias y las hace pasar por ediciones en Illinois, Indiana y Winsconsin. Luego, le pone otra cubierta con otro nombre a otras cuantas copias, y las hace pasar por las que circulan en Kansas y Oklahoma. Yo tengo reportes de los estudios de todos los bancos de Illinois y Winsconsin. Su supuesta revista para estos estados tiene exactamente cuatro suscriptores en Winsconsin y 17 en Illinois. Es todo.”

“Gracias, Armstrong” dijo el publicista de Critchfield.

Al Sr. Chazen posiblemente le tomó 12 minutos llegar a mi oficina.

“Armstrong,” gritó a medida que entraba por mi puerta, “¿qué clase de juego está jugando? Parece que tiene hipnotizadas a todas las agencias en Chicago y que nadie puede hacer algún negocio sin su aprobación. Está bien. Pagaré. ¿Cuál es su precio? ¿Cuánto debo pagarle para que recomiende mis tres revistas?”

“Siéntese y cálmese, Sr. Chazen” dije. “Seguro que tengo un precio. El precio es solamente lo que le cueste crear una verdadera y honesta circulación para esas dos farsas de publicaciones que tiene. Además, que se una al Despacho de Auditoría de Circulación y que demuestre tener una circulación. Acto seguido yo recomendaré sus revistas sin costo alguno.”

“Bueno... no...” respondió tartamudeando, “eso es inaudito. Es IMPOSIBLE. ¿Sabe usted lo que me costará hacer eso?”

“Claro que sé. Y ese es el precio de ser HONESTO.”

“Esto es una ATROCIDAD” gritaba a medida que salía de mi oficina.

Hubo otra ocasión en que una agencia tenía un cliente que necesitaba toda la circulación posible en Minnesota. Además del Northwestern Banker, yo recomendé a un diario bancario de Minneapolis, el cual tenía una buena y firme circulación en Minnesota. Su editor vino a verme y a agradecerme. Él tenía una buena circulación en Minnesota, y cuando se ajustaba las necesidades de un cliente, yo lo recomendaba gustosamente.


Nuestro nuevo apartamento

Aún vivíamos en nuestro pequeño apartamento de tres habitaciones –en Blands— cuando terminó la Primera Guerra Mundial, el 11 de noviembre de 1918. Jamás olvidaremos ese día. Teníamos a Beverly con nosotros en mi oficina. Chicago había enloquecido –todos estaban frenéticos. Nosotros también participamos de hacer tiritas las páginas del directorio telefónico a fin de tirarlas por la ventana. Todos lo estaban haciendo. Era como nieve que caía sobre la ciudad. Yo salí entre la multitud –me las arreglé para hacerme espacio durante unas dos cuadras, y luego nuevamente hacia la oficina. Todas las bocinas y las sirenas sonaban.

Para ese tiempo, me enteré que estaban construyendo un nuevo edificio de apartamentos en Maywood –tercer pueblo al oeste de Chicago. Ya había comenzado a conseguir algunos anuncios de tractores para mis nueve revistas, y por tanto, sentimos que al fin podríamos arrendar un apartamento completo. Este apartamento, en el tercer piso, me lo rentó un arquitecto. El apartamento estaba en la quinta calle –a una o dos cuadras del ferrocarril Northwestern.

Tendrían que pasar varios meses antes que el edificio de apartamentos estuviera listo para ser ocupado. Sin embargo, en enero rentamos una antigua casa en la segunda calle de Maywood –a pocas cuadras del nuevo edificio de apartamentos. El padre de mi esposa había decidido venir a Chicago, así que compró el amueblado para la casa. Su hermano menor, Walter, había sido liberado de la Marina, así que él y Bertha vivieron también con nosotros.

Vivimos allí por unos seis meses. Beverly aprendió a caminar allí. El mayor de los hermanos menores de mi esposa, Gilbert, regresó de Francia, relevado de la armada, y ya con sus dos hijos de regreso, mi suegro trasladó su amueblado y regresó a Iowa.

Nosotros nos mudamos a un hotel cercano en Maywood. Maywood era un suburbio totalmente diferente en aquella época. Actualmente ha crecido mucho y se ha convertido en un gran pueblo.

El hotel se incendió mientras nosotros estábamos allí, lo cual fue un incidente de gran conmoción. En una de las habitaciones, una pareja de huéspedes tiró por la ventana el espejo de su cómoda –el cual se quebró en miles de pedacitos— y luego bajaron cuidadosamente la cómoda por las escaleras.

Muy pronto, conseguimos una casa amueblada en la cuarta calle. Pudimos rentar esta casa hasta que nuestro apartamento estuviera terminado. Mientras vivíamos en esta casa, poco tiempo antes de pasar a ocupar nuestro nuevo apartamento, mi madre vino a visitarnos y se quedó hasta que nos mudamos al apartamento.

Mientras tanto, el negocio mejoraba. Nos sentimos capaces de amueblar nuestro apartamento y contratamos a uno de los decoradores de Marshall Field para que nos ayudara. Lo que elegimos fue de lo mejor. Nuestro nuevo apartamento –el primero que era enteramente nuestro desde que nos casamos— parecía un verdadero gozo.

A la casa amueblada llegamos a principios de diciembre de 1919, y al nuevo apartamento en abril de 1920.
Para esta época ya estábamos esperando nuestro segundo bebé. Mi esposa estaba teniendo problemas. Una o dos semanas después de mudarnos a nuestro nuevo apartamento –y solamente unos días después que mi madre se hubiera regresado a Salem, Oregon— mi esposa fue golpeada por la eclampsia (presión alta durante el embarazo). El análisis de orina mostraba un 40% de albúmina, así que nos apresuramos al hospital. Al llegar nos dijeron que únicamente había un doctor en el mundo que podía salvarla, así que llamaron al especialista. Mi esposa sobrevivió, al igual que nuestra segunda hija, Dorothy Jane –quien nació en un hospital de Des Moines el 7 de julio de 1920.

Hubo un efecto duradero de esta enfermedad. El tratamiento que recibió, arruinó el cabello dorado de mi esposa –el más bello que he visto— y en un tiempo relativamente corto quedó con el cabello blanco.

El mundialmente famoso especialista incluyó en el caso de mi esposa la opinión del doctor de Des Moines y la del tío de mi esposa –quien era capitán en el cuerpo médico de la Armada. Todos nos dijeron que otro embarazo significaría la muerte de mi esposa y del bebé. Aunque en esa época no sabíamos por qué, más adelante nos enteramos que éramos de un Rh sanguíneo opuesto.