Parte Primera
El PLANETA ENTERO está sacudiéndose en convulsiones anticipadoras de un portentoso
acontecimiento.
La deterioración de nuestro mundo actual — después de las más grandes y más devastadoras guerras en la historia, el colapso de la economía mundial, la inestabilidad social y la confusión religiosa, son tan sólo la señal de advertencia de que estamos presenciando el final de esta civilización. Pronto tendrá lugar la segunda venida de Cristo para establecer un nuevo orden de paz mundial aquí sobre la Tierra — ¡y ello ocurrirá mucho antes de lo que la gente se imagina!
¿Fe hoy en día?
Hablando de su propio retorno a la Tierra, Jesús mismo preguntó en forma profética: «Pero cuando venga el Hijo del Hombre, ¿hallará fe en la tierra?»
Cuando Jesús pronunció estas palabras Él estaba mirando hacia el futuro — a nuestra propia generación actual — misma que vio con toda claridad. Y previendo la casi absoluta falta de fe en nuestros tiempos, formuló esta pregunta. Definitivamente el mundo casi ha perdido por completo toda noción de lo que es la verdadera fe. No es de extrañar que tan pocos la tengan — o que tantos se expresen diciendo, «Mi fe no es muy fuerte» — o «Simplemente no puedo generar la suficiente fe». Hoy en día la gente no sabe lo que es la fe o por qué es que no la tienen. Sin embargo, ¡sin fe nadie será salvo!
¡Jesús tenía fe!
Cuando Jesús anduvo en la Tierra como ser humano, ¡Él tuvo fe! Sin embargo, claramente dijo, «No puedo yo hacer nada por mí mismo».
Pocos comprenden que lo que Él hizo — los milagros que efectuó — no provinieron de un poder sobrenatural propio de Él. Todo cuanto Él hizo, cada milagro que realizó, fue ejecutado a través de la fe, poniéndonos un maravilloso ejemplo.
Pero, ¿cómo, entonces, produjo Él sus milagros y sus grandes obras?
«Él Padre que mora en mí», explicó Jesús, «Él hace las obras».
Sí, tal como podemos estarlo usted y yo, Jesús estaba lleno del Espíritu Santo de Dios — ¡el dinámico y sobrenatural poder de Dios! Este poder del Dios Todopoderoso, el Creador, estaba en Jesús; ¡y el mismísimo poder del mismísimo Dios Viviente puede estar en usted hoy mismo! ¡Todos los apóstoles y los evangelistas de la verdadera Iglesia de Dios en el siglo primero de nuestra era efectivamente realizaron milagros, al grado que aun la sombra de Pedro al pasar sobre los enfermos y los postrados les restauraba la salud!
Pedro, Esteban, Felipe. Pablo — todos ellos hombres comunes y humildes — tenían ese poder, el mismo poder, un poder idéntico al que tenía Jesús, ¡porque vivían y andaban cerca de Dios y estaban llenos del Espíritu Santo! Y nosotros hoy en día carecemos de ese poder, no porque Dios nos lo niegue, sino porque estamos tan aferrados a nuestro moderno mundo materialista — porque nuestras mentes están tan llenas de los intereses materiales de esta vida; porque nuestras mentes y nuestros corazones están tan lejos de Dios;
porque estamos tan distanciados de Él, por no invertir tiempo en el estudio de su Palabra y por no orar apropiadamente, con una actitud sincera, sumisa, en fin, de absoluta entrega a Él — y, por consiguiente,¡porque no estamos llenos del Espíritu Santo! De manera que, hagámonos dos preguntas:
Primeramente, ¿qué es la fe? Y, en segundo lugar, ¿Cómo podemos adquirirla y cómo podemos aumentarla?
Lo que es la fe Leamos ahora Hebreos 11:1 donde se nos dice que la fe es la certeza — la seguridad — de lo que
se espera. De manera que la fe viene antes de la posesión de lo que se desea.
Una vez que usted recibe la posesión, ya no se trata de algo que se espera. Pero aun antes de
recibirla, usted la tiene en sustancia; y esa sustancia — esa certeza de que usted llegará a tener la
posesión — ¡eso es fe!
Por otra parte, la fe también es una convicción — la «convicción de lo que no se ve». La fe precede
a la obtención real de lo que usted pide. Y la fe es la convicción de que usted obtendrá su deseo aun antes
de que lo vea. Es la convicción de lo que no se ve. Usted aún no tiene lo que pidió. No lo ve ni lo puede
palpar. Sin embargo, la fe es su convicción de que lo ha recibido o habrá de recibirlo. La fe es la certeza —
la convicción — de que ha de recibir aquello que aún espera.
Cómo saber que usted ha sido sanado
Quiero que observe que cuando usted espera algo o pide algo a Dios, existe una convicción — una
prueba porque, en lo que a Dios atañe, su promesa es una prueba — de que usted recibirá lo que ha
pedido. Y, ¿cuál es esa prueba, esa evidencia? ¿Es, acaso, el recibir la respuesta, de manera que usted
vea, o palpe, o escuche que la ha obtenido? ¡No!
Suponga, por ejemplo, que usted está enfermo — postrado en cama. Recordará que Jesús
continuamente sanaba a los enfermos. Y Él dijo que las obras que Él hacía (y sanar a los enfermos era una
de ellas) nosotros habríamos de hacerlas también. Suponga entonces que usted pide a Dios que lo sane.
Naturalmente usted quiere alguna evidencia o certeza de que habrá de ser sanado.
De manera que, ¿cuál es esa evidencia, esa prueba?
¿Es acaso la evidencia del dolor que cesa — de la inflamación que desaparece — algo que usted
puede sentir y oler? Conozco a un hombre que decía, «Cuando vea a alguien sanado como consecuencia
directa de una oración, entonces lo creeré». Este hombre dijo que quería creer, ¡quería tener fe! Y buscaba
una evidencia que pudiera ver. ¡Pero murió sin verla jamás!
Y esto fue así porque lo que vemos — lo que palpamos — no es verdadera evidencia. El tener la
cosa — verla no es fe. La fe precede a la posesión, porque la fe es la convicción — la certeza — de que
usted llegará a poseer aquello que solicita.
Por supuesto, la mente humana sólo puede recibir conocimiento a través de los cinco sentidos. Son
cinco canales capaces de transmitir conocimiento a la mente humana mediante procesos naturales: los
sentidos de la vista, el oído, el olfato, el gusto y el tacto.
¡Pero eso no es fe! La fe es algo espiritual, y nada tiene que ver con los cinco sentidos, que son
físicos.
La oración es algo espiritual. ¡Dios es un Espíritu! Y por ejemplo, cuando pedimos que Dios nos
sane, efectivamente tenemos una evidencia, una prueba positiva, de que la sanidad se llevará a cabo; pero
esa evidencia no es algo que se ve, o se palpa o se escucha. No es evidencia física; más bien es la
evidencia espiritual de la fe. ¡La fe es nuestra evidencia!
Un juicio extraordinario
Imaginemos un juicio en un tribunal. Se trata de un juicio verdaderamente extraordinario, pues el
acusado es nada menos que el Dios Todopoderoso. Y usted está fungiendo como juez y jurado. El fiscal —
el procurador — es su propia naturaleza humana. El abogado defensor es el Espíritu Santo. Dios ha sido
acusado de mentir de no cumplir sus promesas — de obtener cosas más valiosas que el dinero en forma
fraudulenta. Se acusa a Dios de haber omitido el pago de deudas contraídas a través de notas promisorias.
Usted, actuando ahora como juez y jurado, ha leído el mandamiento de Dios en Santiago 5:14 y su
promesa escrita de sanarlo cuando usted caiga enfermo. Usted ha orado pidiendo la sanidad, según la
promesa escrita de Dios. Ha seguido las instrucciones de Dios y llamado a los ancianos de la Iglesia,
quienes han orado la oración de fe a su favor y le han ungido con aceite.
El fiscal, su naturaleza humana, en un esfuerzo por demostrar que Dios obtuvo su lealtad por
medios fraudulentos — que quebrantó su parte del pacto — que mintió — le presenta a usted, como juez y
jurado que es, su evidencia.
«Mi evidencia», dice su naturaleza, «es tangible y real — evidencia que tú puedes ver y palpar. Tú
puedes ver por ti mismo que no has sanado. ¡El dolor aún está ahí! Lo que es más, es muy probable que
haya aumentado en intensidad. Dios te hizo una promesa por escrito, tan válida como cualquier letra de
cambio o pagaré. Tú te adecuaste a las estipulaciones. Oraste. Llamaste a los ancianos de la Iglesia y ellos
oraron. ¡Tú creíste! Pero ahora puedes examinar mi evidencia — aún estás padeciendo — ¡no fuiste
sanado! Por todo lo antes expuesto, ¡resulta que Dios no te sanó! ¡Dios no cumplió su palabra! La Palabra
de Dios, la Biblia, te ha mentido. ¡Dios fracasó! Mi evidencia es la que tú puedes claramente ver y sentir.
¡Tú no has sido sanado! Por tanto, ¡exijo una sentencia condenatoria! ¡Un fallo que declare a Dios culpable
con todas las agravantes culpable de mentir, de obtener tu lealtad por medios fraudulentos, de no cumplir lo
que Él prometió por escrito!»
Pero ahora el abogado defensor, el Espíritu Santo de Dios, le habla a usted en forma serena y
apacible.
Él le dice a usted: «Ahora presentaré mi evidencia de que la Palabra de Dios es veraz — que Dios
es fiel — que Dios no puede mentir. Mi evidencia no es algo que tú puedas ver o palpar. Mi evidencia es la
simple fe — la paciente confianza en la veracidad de la Palabra de Dios. Es imposible que Dios mienta. Mi
evidencia es tu fe en ese hecho, y en su promesa. Y la fe es la evidencia, la convicción de aquello que no
se ve ni se siente.
«Repasemos juntos el caso para ver claramente lo que ocurrió. Comprendamos plenamente dónde
fue que tu naturaleza humana confundió las cosas y te engañó. Dios te ha dicho, en Exodo 15, que Él es tu
Sanador — tu Sanador divino — pues ese es uno de sus nombres, y Dios se llama según lo que Él es. Dios
envió a su Hijo al mundo para ser castigado con azotes, para sufrir la pena de tus transgresiones contra las
leyes de la naturaleza, en tu lugar. Su cuerpo fue molido por ti, y es precisamente por sus azotes que tú
eres sanado. Dios te ha dado su Palabra de que es su voluntad sanarte. Él te ordenó que llamaras a los
ancianos de la Iglesia, lo cual has hecho. Él prometió sanarte. Pero Dios también ha estipulado en este
pacto; en su Palabra, que ‘conforme a tu fe te sea hecho’ — palabras textuales de Cristo.
«Ahora bien, la fe es tu evidencia de que Dios hará lo que ha prometido. Tú no puedes ver la fe; no
puedes palparla. Pero el detalle que tu naturaleza humana quiere que pases por alto es que Dios no
prometió cuando o cómo te sanaría.
«El propósito de Dios en tu vida es transformarte, de lo que has sido, en la imagen misma de su hijo
— en el carácter mismo de Dios. Parte de ese carácter es desarrollar la paciencia. Y Dios te indica, en
Santiago 1:3, que la prueba de tu fe produce la paciencia en tu carácter. Dios te ha revelado en esta y en
otras escrituras que Él en algunas ocasiones retrasa la curación a fin de probar tu fe y enseñarte a ser
paciente. Dios ha prometido que tu curación será según tu fe.
«La fe consiste en la confianza de que Dios hará lo que aún no ha hecho. Una vez que se ha
efectuado la sanidad, deja de ser necesario ejercitar más la fe. La fe es el ingrediente que tú debes ejercitar
en tanto que Dios te sana hasta en tanto puedas ver y sentir que has sido sanado. Después de que Dios te
ha sanado, ya no necesitarás la fe, pero tu fe debe permanecer firme e imperturbable, y paciente — sin
importar lo que veas o lo que sientas hasta en tanto Dios efectivamente te sane, como ha prometido.
«El fiscal en este caso, tu naturaleza humana, quiere hacerte creer que la fe es algo que debes
ejercitar por unos 30 segundos, mientras aún estás orando, y que entonces si Dios no ha cumplido lo que
prometió en cuanto tú lo esperas, debes condenar a Dios por el delito de fraude. En el instante mismo que
te dejes arrastrar por la influencia que el diablo ejerce sobre tu naturaleza humana y concluyas que Dios no
hará lo que prometió, tan sólo porque no lo ha hecho todavía — en el momento mismo en que llames a
Dios un mentiroso — perderás toda fe en Dios; y así quebrantarás tu parte del convenio, que es tener fe y
seguir teniendo fe y confiando en Dios y dependiendo de Él hasta que Él cumpla lo que ha prometido.
«La fe es simplemente la plena confianza en la Palabra de Dios. Es la evidencia de lo que no ves ni
sientes. Por tanto, te exhorto a tener paciencia — a seguir confiando en Dios hasta que Él te sane, y
entonces Él lo hará. Te insto a que exoneres a Dios del cargo de falsedad por el que se lo enjuicia. Te
exhorto a que lo declares fiel a sus promesas, y entonces las recibirás».
Ya están desahogadas todas las pruebas. Es tiempo de que usted emita su sentencia.
Debe dictar su fallo basado en la evidencia.
¿Cuál de las dos es, ahora, la evidencia que usted cree? ¿La que ve y siente — las evidencias
físicas que a menudo son engañosas — o su fe en que la Palabra de Dios es veraz, en que sus promesas
son ciertas, en que es imposible que Dios mienta?
Si usted cree esta última evidencia, y rechaza las evidencias físicas de la vista y el tacto, entonces
pronunciará la sentencia de que la Palabra de Dios ha sido vindicada por su veredicto — usted será librado
de la enfermedad y se cumplirá lo que Él ha prometido.
Pero si usted decide que las evidencias físicas de la vista y el tacto son más de confiar que la
Palabra del Dios Todopoderoso — y usted rechaza su Palabra y su promesa, y se niega a creer en ellas —
en otras palabras, si se niega a aceptar y confiar en la evidencia de la fe hasta que Dios la cumpla,
entonces usted mismo debe dictar el fallo, «no sanado», y no lo será.
Pues, verá usted, Dios no promete la curación o ninguna otra cosa, a menos que creamos.
«Conforme a tu fe te sea hecho», dijo Jesús. Y recuerde que la fe debe preceder y, por tanto, es una
condición para recibir la posesión de lo pedido.
Un hombre lo expresó muy bien cuando dijo: «La fe es la certeza de que las cosas que Dios
consigna en su Palabra son veraces: y que Dios actuará según lo que ha establecido en esa Palabra. Esta
certeza, esta confianza en la Palabra de Dios, es la fe». Y esta es precisamente la definición que da la
Biblia. Esta Obra de Dios fue creada y ha crecido gracias a que hemos puesto estos principios en práctica.
Aprendiendo la voluntad de Dios
Recuerde que, no importa cuál sea su necesidad, lo primero que debe hacer para asegurarse de
recibir una respuesta a su oración, es escudriñar las Escrituras, para aprender si tal es la voluntad de Dios
(Ef. 5:17; 2 Ti. 3:14-17 ).
La Biblia revela la voluntad de Dios. Jamás debemos decir, «Yo sé que Dios podría sanarme si esa
fuera su voluntad». Usted puede conocer su voluntad. Y por lo que respecta a la curación, puedo decirle
categóricamente que su Palabra dice clara y enfáticamente que tal es su voluntad. La Biblia está pletórica,
rebosante de promesas. Si usted necesita cualquier cosa, estudie para ver si Dios ha prometido eso en
particular. Y si lo ha hecho, ¡Él no puede quebrantar su Palabra!
La importancia de reclamar una promesa
Recuerdo una ocasión hace muchos años cuando mis dos hijos me pidieron que hiciera algo por
ellos. Ahora ya no recuerdo de qué se trataba. En ese entonces ellos tenían alrededor de siete y nueve
años de edad. Lo que sí recuerdo es que yo no tenía el menor deseo de hacer lo que me pedían.
«Pero, Papá, tú prometiste», me dijeron, «y tienes que cumplir tu promesa».
Entonces recordé que efectivamente había prometido. Y, ¿qué cree usted? ¿Me consideraría capaz
de quebrantar una promesa cuando mis dos hijos vinieron y me lo pidieron de esa manera? No, y si usted
en forma igual le dice a Dios que Él ha prometido y que usted ahora reclama esa promesa, según se aplica
a su caso, y entonces confía en Dios para que la cumpla y deja de preocuparse por ello si deja de tratar de
generar la fe y simplemente se relaja y permite que Dios asuma la responsabilidad a partir de ese momento
— si usted lo deja a Él hacer lo que prometió entonces Él indefectiblemente lo hará.
Y hablo con pleno conocimiento de causa, ya que he comprobado esto que estoy diciendo, no una,
sino centenares y miles de veces, y Dios no ha dejado de cumplir sus promesas ni una sola vez. He visto
cómo han sido contestadas las oraciones una y otra vez, al grado que cuando oro pidiendo algo, ya espero
la respuesta.
Dios promete para todas nuestras necesidades. Ofrece que si buscamos primeramente el Reino de
Dios y su justicia — que es hacer lo bueno — Él se encargará de todas nuestras necesidades materiales
(Mt.-6:33).
Esta Obra: un ejemplo viviente de fe
Precisamente esta Obra que estamos llevando a cabo es una respuesta directa a la oración. Esta
Obra que ha crecido ahora hasta alcanzar influencia internacional, empezó de la manera más pequeña que
es posible comenzar — ¡en efecto a partir de la nada!
Ha sido desde su inicio una obra basada el 100 por ciento en la fe y tuvimos que aprender esta
lección de fe aun antes de que empezara.
Por qué la gente carece de fe
Y ahora, muy brevemente, examinemos por qué no tenemos fe, cómo podemos adquirirla y cómo
podemos aumentarla. Tantas personas dicen: «No tengo la sensación, ni la convicción, ni la impresión de
que mi oración será escuchada».
Quieren esperar hasta sentir determinada convicción, una cierta sensación, una especie de garantía
que puedan sentir — antes de creer realmente que recibirán la respuesta.
¡Pero eso no es fe!
¡Eso es una sensación!
Sus sensaciones, sus convicciones y sus impresiones no tienen absolutamente nada que ver con la
fe. ¡La fe únicamente tiene que ver con la Palabra de Dios! Lo único que debemos preguntarnos es: ¿Lo ha
prometido Dios en la Biblia? Si la respuesta es afirmativa, entonces las probabilidades, las posibilidades,
las sensaciones, las convicciones y las impresiones no tienen absolutamente nada que ver con ello. Dios
tiene mil maneras de contestar y de otorgar lo que ha prometido — maneras que nosotros desconocemos
por completo. No necesitamos ver cómo va a hacer Él lo que ofreció:
Y eso nos lleva a otro aspecto: Dios casi nunca hace las cosas como nosotros las esperamos. Así
que no trate usted de adivinar cómo podrá Dios realizarlo. Usted está confiando en un poder sobrenatural.
De manera que crea en ese poder. Dios obra sus milagros en formas misteriosas. Lo que Él ha prometido,
eso mismo cumplirá, pero lo hará a su manera, y cuando Él lo estime conveniente. Deje todo eso a juicio de
Él y sólo confíe: Tenga fe en su palabra.
El don de Dios
Y recordemos que la fe es un don de Dios.
La mayoría de las personas creen que todo lo que proviene de Dios es su don, excepción hecha de
la fe requerida para recibir esas cosas. Creen que ésta es algo que nosotros de alguna manera debemos
generar o esforzarnos por alcanzar. Pero lo único que tenemos que hacer es despreocuparnos y confiar en
Dios, ¡aun para tener la fe mediante la cual recibiremos todo lo demás! (Ef. 2:8).
En Apocalipsis 14:12 se describe a la verdadera Iglesia de nuestros tiempos. Los integrantes de
esta Iglesia tienen la fe de Jesús. Observe bien que se trata de la fe de Jesús. No es simplemente nuestra
fe en Él, sino la fe de Él — la misma fe con la que Él obró sus milagros y que ha sido implantada y actúa en
nosotros.
¿Cómo puede usted obtenerla? Acérquese a Dios. Llegue a conocer a Dios: Entréguese de lleno a
Él, y haga su voluntad. Y entonces ore. Usted llega a conocer a Dios a través de la oración. Estamos
demasiado preocupados con las cosas materiales. Es precisamente orando — orando mucho más de lo
que quizás acostumbra — que usted puede aproximarse a Dios y a las cosas espirituales. Y una vez que
usted lo ha hecho, ¡qué experiencia tan satisfactoria y tan dichosa resulta ser!
Parte segunda
¿Cuál es la fe que salva?
NINGÚN TEMA relacionado con la salvación cristiana es más generalmente malentendido que el de
la fe que salva!
«Cree en el Señor Jesucristo y serás salvo», es la prédica común. Y tal declaración es
absolutamente veraz — ¡si entendemos qué clase de creencia se nos demanda!
Por desgracia millones están engañados — se les induce, mediante la falsa pero popular doctrina
de confiar en la fe que jamás salvará una sola persona.
Cuando se toca el tema de la salvación es ya costumbre muy generalizada citar sólo una parte de
las Sagradas Escrituras y aplicarles un significado falso. De esa manera, mediante artificios y
semiverdades, las enseñanzas populares han logrado cautivar a casi toda la cristiandad y mantenerla en un
estado de ceguera espiritual y engaño.
¿Pasajes que se contradicen?
Generalmente Dios no revela toda la verdad de un asunto determinado en un solo pasaje. «¿A
quién se enseñará ciencia, o a quién se hará entender doctrina?... Porque mandamiento tras mandamiento,
mandato sobre mandato, renglón tras renglón, línea sobre línea, un poquito allí, otro poquito allá» (Isaías
28:9-10). Para entender cualquier tema general en la Biblia, es necesario considerar toda la evidencia
bíblica concerniente al asunto que nos ocupe, en la inteligencia de que no podemos dar a ningún pasaje el
significado que dicte nuestro capricho o que otros nos hayan delegado, porque «ninguna profecía de la
Escritura es de interpretación privada» (2 Pedro 1:20), sino que cada pasaje es interpretado por, y a la luz
de otros textos bíblicos.
Por ejemplo: Es costumbre muy popular citar la primera parte de Romanos 3:20 que dice: «Por las
obras de la ley ningún ser humano será justificado delante de él», y luego suponer que la salvación viene
por fe en desobediencia a la ley de Dios. Quienes así interpretan dicho pasaje nunca le dicen que en
Romanos 2:13 el mismo apóstol Pablo escribió por inspiración divina lo siguiente: «No son los oidores de la
ley los justos ante Dios, sino los hacedores de da ley serán justificados».
¿Hay contradicción en dichos pasajes? Si el propósito de un pasaje singular de la Escritura es
revelar que está demás esforzarnos por obedecer la ley de Dios para ser justificados y más tarde salvados
— que somos salvos por fe sin obediencia a la ley de Dios — entonces, en efecto, Dios se contradice en su
Palabra. Y si usted desea aceptar que Romanos 3:20 niega la obediencia a la ley de Dios, para ser
consistente tendrá que reconocer la presencia de contradicciones en las Sagradas Escrituras; y si eso es
cierto, ¡usted sencillamente no tiene base para fundar su fe!
De nuevo leemos en Efesios 2:8-9: «Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de
vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe». Pero quienes tan libremente
citan estos textos para enseñar la doctrina de «no por obras», jamás le dicen que la misma Escritura
inspirada dice también lo siguiente: «Hermanos míos, ¿de qué aprovechará si alguno dice que tiene
fe, y no tiene obras? ¿Podrá la fe salvarle?... Así también la fe si no tiene obras, es muerta en sí misma ...
yo te mostraré mi fe por mis obras. Tú crees que Dios es uno; bien haces. También los demonios creen, y
tiemblan. ¿Mas quieres saber, hombre vano; que la fe sin obras es muerta?» ¡Santiago 2:14-20).
¡No hay ninguna contradicción en los textos citados arriba!
Por lo contrario, poniendo juntos todos los pasajes bíblicos relacionados con el tema de la «fe que
salva», descubriremos que hay dos clases de fe. Y aquella en que tan ciegamente confían las mayorías no
es más que una fe muerta — ¡y tal fe jamás salvará una sola persona! Note que Santiago 2:20 llanamente
dice: «La fe sin obras es muerta ».
Continuando en la epístola de Santiago leemos: «¿No fue justificado por las obras Abraham nuestro
padre, cuando ofreció a su hijo Isaac sobre el altar? ¿No ves que la fe actuó juntamente con sus obras, y
que la fe se perfeccionó por las obras?... Vosotros veis, pues, que el hombre es justificado por las obras, y
no solamente por la fe» (Santiago 2:21-24). ¿Somos pues salvos por obras en lugar de fe? No, ¡Nunca!
¡Somos salvos por fe! Pero la fe actúa con nuestras obras, y por obras nuestra fe es hecha perfecta. ¡Esa
es una fe viviente!
¿Y por qué necesitamos salvación? Sencillamente porque hemos pecado, ¡y la paga del pecado es
la muerte!
Pero, ¿cómo hemos incurrido en pecado? ¿Qué es pecado? «Pecado es infracción de la ley»,
responde Dios en 1 Juan 3:4.
«Sí», arguye la víctima de las fábulas modernas, «pero ahora ya no estamos bajo la ley, sino bajo la
gracia». ¡Y en efecto así es! Pero, «¿qué, pues?», pregunta el inspirado Pablo, «¿pecaremos [infringiremos
la ley] porque no estamos bajo la ley, sino bajo la gracia?» Y la enfática respuesta del propio apóstol es:
«En ninguna manera» (Romanos 6:15). Luego interroga: «¿Perseveraremos en el pecado» —
transgrediendo constantemente la ley — «para que la gracia abunde? En ninguna manera. Porque los que
hemos muerto al pecado, ¿cómo viviremos aún en él?» (Romanos 6:1-2).
La ley lleva en sí un castigo — la muerte. La ley reclama la vida de todo aquel que la infringe, y tiene
el poder de tomarla. Por lo tanto, la ley es más poderosa que el pecador — está sobre el pecador
reclamando su vida. Vemos, pues, que todo aquel que comete pecado está bajo la ley, pero cuando el
pecador se arrepiente de sus transgresiones, y acepta el sacrificio de Cristo como pago del castigo que
demanda la ley, recibe el perdón — queda bajo gracia — la ley ya no está sobre él reclamando su vida.
¡Sólo los que continúan pecando están bajo la ley! Y los que, mediante arrepentimiento, obediencia y fe se
apartan de su desobediencia, y, por medio de la fe, guardan la ley, ¡son los únicos que están bajo la gracia!
El espejo espiritual de Dios
¡Entendamos, pues, de una vez por todas, este importante asunto! La Biblia dice: «Por las obras de
la ley ningún ser humano será justificado delante de Dios». No, efectivamente no. Este texto de la Sagrada
Escritura es cien por ciento veraz, y no hay contradicción en él. Usted no puede ser justificado por las obras
de la ley — ¡de ninguna manera!
¿Por qué? La parte final del mismo texto le da la respuesta — (¿a eso se debería que nunca la citan
la mayoría de los predicadores?). Heló aquí: «Porque por medio de la ley es el conocimiento del pecado»
(Romanos 3:20).
El propósito de la ley no es perdonar, justificar, lavar o limpiar. ¡Eso sólo puede hacerlo la sangre de
Cristo! El pecado es la transgresión de la ley -- ¡ni más ni menos! El propósito de la ley es decirnos lo que
es pecado — definirlo — revelarlo, a fin de que el hombre cese de practicarlo.
Para todas las mujeres debiera ser fácil entender esto. Casi todos los bolsos de mano
femeninos contienen un pequeño espejo. Su dueña sabe para qué sirve. De tiempo en tiempo ella lo saca
del bolso y furtivamente se mira el rostro. Algunas veces el espejo revela manchas o partículas de polvo. Y
con toda verdad pudiéramos decir: «Ninguna cara sucia se limpia mediante el uso de estos espejitos». Las
mujeres entienden lo que queremos decir. Pero, ¿acaso tiran ellas sus espejos porque éstos no sirven para
lavar sus rostros? ¡Claro que no! ¡Qué absurda parece tal pregunta cuando se aplica a un caso material! Y
si les preguntamos por qué sus rostros no se lavan mediante el uso de los espejos, ellas bien podrían
responder: «porque la misión del espejo es indicarnos que el rostro está sucio».
La ley de Dios es su espejo espiritual. Cuando «nos miramos» en ella, podemos ver la inmundicia
de nuestros corazones. Pero con sólo mirar la ley, o guardarla, ni una sola partícula de esa inmundicia
desaparecerá de nuestros corazones — solamente la sangre de Cristo puede limpiarlos. ¡Por la ley viene el
conocimiento del pecado!
Advierta la explicación que Santiago da al respecto: «Pero sed hacedores de la palabra, y no tan
solamente oidores, engañándoos a vosotros mismos — Porque si alguno es oidor de la palabra pero no
hacedor de ella, éste es semejante al hombre que considera en un espejo su rostro natural. Porque él se
considera a sí mismo, y se va, y luego olvida cómo era. Mas el que mira atentamente en la perfecta ley, la
de la libertad, y persevera en ella; no siendo oidor olvidadizo, sino hacedor de la obra, éste será bienaventurado
en lo que hace» (Santiago 1:22-25).
¿Es posible guardar la ley?
«Pero» — arguye el engañador que aduce que la ley está abolida — «ningún hombre puede
guardar los mandamientos. Humanamente es imposible. Desde que vino la fe, no guardamos ninguna ley
— la fe abolió la ley».
Tal afirmación no nos asombra porque sabemos que «el mismo Satanás se disfraza como ángel de
luz. Así que, no es extraño si también sus ministros se disfrazan como ministros de justicia — porque éstos
son falsos apóstoles, obreros fraudulentos, que se disfrazan como apóstoles de Cristo» (2 Corintios 11:13-
15). «¿Luego por la fe invalidamos la ley?» surge la pregunta en la Escritura inspirada — y de nuevo la
categórica respuesta: «En ninguna manera, sino que confirmamos la ley» (Romanos 3:31).
¡Sí, la fe confirma la ley! Mediante la observancia de la ley la fe es hecha perfecta.
¿Es pues posible para nosotros guardar los mandamientos? Aquellos que, inspirados por Satanás,
han adoptado la doctrina de «no por ley», y así enseñan, aseguran que no es posible. Pero, ¿cuál es la
verdad?
Un hombre se acercó a Jesús y le preguntó qué hacer para ser salvo. La respuesta del Salvador
mismo fue: «Si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos» (Mateo 19:17). «Sus discípulos,
oyendo esto, se asombraron en gran manera, diciendo: ¿Quién, pues, podrá ser salvo? Y mirándolos
Jesús, les dijo: Para los hombres esto es imposible; mas para Dios todo es posible» (versículos 25-26).
¡He allí la respuesta de Jesús mismo! Para los hombres es imposible, totalmente imposible guardar
los mandamientos de Dios. ¿Empieza usted a verlo? ¡Se requiere fe! ¡Fe en el poder de Dios! Y, así como
su diligente esfuerzo aunado a la fe hace perfecta la fe, de la misma manera la fe aunada a su esfuerzo
hace perfecta la obediencia. Obediencia y fe son virtudes que van de la mano. Usted no puede tener la una
sin la otra.
La fe viviente — la única fe que salva — es una fe activa — una fe que confía en que el poder de
Dios hace posible la obediencia a Él — hace posible vivir la verdadera vida cristiana — ¡observar sus
benditos mandamientos!
Considere esto: ¿Podría un Dios justo mandarnos hacer lo que no es posible hacer? ¿O acaso
podemos concebir la idea de un Jesús engreído y petulante que pretendiendo saber más que su Padre,
abolió los mandamientos dictados por Él? ¡Qué absurdo! ¡Sin embargo, tal es el concepto popular hoy en
día!
La ley es eterna
La ley de Dios no es un monstruo abominable. Las leyes justas y rectas sólo aterrorizan a los
criminales — ¡fueron hechas para proteger a los buenos! La ley de Dios es perfecta (Salmo 19:7), es una
ley espiritual (Romanos 7:14), santa, y justa, y buena (Rom. 7:12). Todos sus mandamientos son fieles,
afirmados eternamente y para siempre (Salmo 111: 7-8). ¡Jamás le crea al hombre que le diga lo contrario!
La ley de Dios es, para decirlo más simplemente, amor. Es el perfecto camino de vida. Cada
fragmento de sufrimiento humano, desdicha, miseria y muerte ha sobrevenido únicamente como
consecuencia de la transgresión a dicha ley. Esta fue hecha para hacer feliz al hombre, y es la única
filosofía de la vida que puede lograrlo. Es una ley que proviene de un Dios de amor, ¡y el amor es el
cumplimiento de la ley!
Pero no el amor natural de usted, claro está. Se requiere «el amor de Dios... derramado en nuestros
corazones por el Espíritu Santo» (Romanos 5:5). Dios posee, y le dará a usted el amor que hará posible el
cumplimiento de la ley. Y así, ¡alabado sea su bendito nombre! — por medio de la fe, y el don del Espíritu
Santo de Dios — el hombre puede guardar los mandamientos. Y a quienquiera que ose afirmar diferente,
Dios le llama mentiroso (1 Juan 2:4).
Aquel que en verdad guarda los mandamientos es apremiado a confiar en que Dios hace posible la
obediencia ¡Y de esta manera la fe no anula, sino confirma la ley, porque el cumplir la ley demanda fe!
En el libro de Daniel encontramos un conmovedor ejemplo de esta eterna verdad. Nos dice el relato
sagrado que Nabucodonosor, rey de Babilonia, tuvo a bien erigir una gran estatua de oro.
«Y el pregonero anunciaba en alta voz: Mándase a vosotros, oh pueblos, naciones y lenguas, que al
oír el son de la bocina, de la flauta, del tamboril, del arpa... y de todo instrumento de música, os postréis y
¿Qué es FE? 9
adoréis la estatua de oro que el rey Nabucodonosor ha levantado» (Daniel 3:4-5) «y cualquiera que no se
postre y adore, inmediatamente será echado dentro de un horno de fuego ardiendo» (versículo 6).
Los encargados de los asuntos de la provincia de Babilonia eran tres jóvenes judíos amigos de
Daniel, que respondían a los nombres de Mesac, Sadrac y Abed-nego. Estos jóvenes sabían que uno de
los mandamientos de la ley espiritual de Dios prohibe la adoración de imágenes.
De haber estado usted en lugar de ellos, ¿qué habría hecho? Quizás su primer pensamiento
hubiera sido: «Tendré que inclinarme ante esta imagen, pues de no hacerlo, perderé la vida». Y tal vez se
hubiese excusado alegando: «Creo que Dios no sería justo si me castigara por esto, pues Él sabe que por
la fuerza se me obliga a hacerlo. Además. Él nos manda someternos a las autoridades superiores». Sí, es
fácil alegar razones para excusar la desobediencia a Dios. Pero nuestro Creador no está buscando la
oportunidad de castigarnos, sino todo lo contrario: ¡busca la oportunidad de salvarnos por fe! Salvarnos de
la locura del pecado y la triste consecuencia que nuestros propios actos imponen. Segaremos según
sembremos. La ley de Dios fue hecha con la intención de resguardarnos del sufrimiento.
No es Dios quien nos castiga cuando hacemos lo malo, sino meramente nuestros propios actos
que rebotan a manera de bumerán.
Pero aquellos tres jóvenes judíos estaban persuadidos de la verdad; entendían que hemos de
obedecer a Dios antes que a los hombres, lo cual Dios hace posible mediante la fe. Cuando ellos
firmemente rehusaron inclinarse ante la imagen, Nabucodonosor se llenó de ira y mandó traerlos ante su
presencia (versículo 13).
Advierta la serena respuesta que dieron aquellos jóvenes; una respuesta confiada sin sombra de
miedo: «He aquí nuestro Dios a quien servimos puede librarnos del horno de fuego ardiendo» (versículo
17). Algunas veces Dios prueba nuestra fe, como probó la de Sadrac, Mesac y Abed-nego. Usted podría
pensar que Dios les abandonó, pero en realidad Él sólo permitió que la fe de ellos fuese probada.
«Entonces Nabucodonosor se llenó de ira, y se demudó el aspecto de su rostro... y ordenó que el
horno se calentase siete veces más de lo acostumbrado. Entonces estos varones fueron atados con sus
mantos, sus calzas, sus turbantes y sus vestidos». ¿Los libraría ahora el Dios en quien habían confiado?
No — ¡no había ninguna evidencia física de que Dios hubiese siquiera oído! «¡y fueron echados dentro del
horno de fuego ardiendo!» (versículos 19-21).
El horno era tan ardiente que «la llama del fuego mató a aquellos que habían alzado a Sadrac, Mesac
y Abed-nego. Y estos tres varones... cayeron atados dentro del horno de fuego ardiendo» (versículos 22-
23).
Como vemos, Dios permitió que en efecto fuesen arrojados al fuego. ¿Se olvidó Dios de quienes tan
confiadamente esperaron en que El haría posible la obediencia a sus mandamientos? ¡No el Dios
Omnipotente!
El rey miró el horno y dijo a los de su consejo: «He aquí yo veo cuatro varones sueltos que se pasean
en medio del fuego sin sufrir ningún daño; y el aspecto del cuarto es semejante a hijo de los dioses»
(versículo 25). «Entonces Nabucodonosor se acercó a la puerta del horno de fuego ardiendo, y dijo:
Sadrac, Mesac y Abed-nego, siervos del Dios Altísimo, salid y venid... Entonces salieron de en medio del
fuego»... estos varones sobre cuyos cuerpos el fuego no había tenido poder alguno,... » ni aun el cabello de
sus cabezas se había quemado; sus ropas estaban intactas, y ni siquiera olor de fuego tenían.
«Entonces Nabucodonosor dijo: Bendito sea el Dios de ellos, de Sadrac, Mesac y Abed-nego, que
envió su ángel y libró a sus siervos que confiaron en él» (versículos 26-28).
¡He ahí un ejemplo de fe viviente! Una fe que hasta el último momento confió en Dios para lograr
vivir de acuerdo a su ley. Sí, con Dios es posible guardar todos sus mandamientos — ¡y no permita que
ninguno le engañe, enseñándole lo contrario!
¿Puede usted creer y adorar a Cristo en vano?
Cuando la Palabra de Dios dice: «Cree en el Señor Jesucristo y serás salvo», no se refiere a la fe
muerta tan popularmente predicada hoy en día. La enseñanza común de la actualidad tuerce la verdad
para expresar una mera creencia en los hechos de la vida de Cristo, su sacrificio y su obra de salvación.
Sólo acepte estos hechos, se le dice al feligrés, ¡acepte a Cristo sin ninguna obediencia a las leyes de Dios!
Pero la verdad es que también los demonios creen estas cosas — ¡y tiemblan!
Cristo fue el Mensajero del Nuevo Pacto — un Mensajero enviado por Dios. ¡Usted no puede creer
realmente en ese Mensajero divino a menos que crea, y obedezca el mensaje que El trajo! «Si quieres
entrar en la vida», fue su enseñanza, «guarda los mandamientos».
«Arrepentíos», dijo el inspirado Pedro, y bautícese cada uno de vosotros... para perdón de los
pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo» (Hechos 2:38). Dios da su Espíritu Santo solamente a
aquellos que le obedecen (Hechos 5:32). ¡Su Espíritu Santo es el amor que Dios nos da para cumplir y
guardar sus mandamientos! ¡Y todo ello viene por fe!
¡Cristo vino a salvarnos del pecado, no en nuestros pecados! ¡Vino a libertarnos de la esclavitud del
pecado y la infelicidad y la miseria que el mismo acarrea — no para autorizarnos a cometer pecado!
¿Es posible creer en Cristo — adorarle — en la forma que hoy se acostumbra, y con todo no
alcanzar salvación? ¡Cristo mismo responde con un categórico «sí»!
«No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la
voluntad de mi Padre que está en los cielos», dijo Él (Mateo 7:21).
¡Oigamos a Cristo una vez más!
«En vano me honran, enseñando como doctrinas mandamientos de hombres. Porque dejando el
mandamiento de Dios, os aferráis a la tradición de los hombres» (Marcos 7:7-8).
¡Helo ahí, salido de los propios labios de Jesús! Esa fe muerta — esa adoración es vana. Quienes
confían en ella y en los hombres y denominaciones que la inculcan, están perdidos. ¡Y cuanto antes nos
demos cuenta de ello, mejor!
E1 propósito de Dios en lo que toca a salvación es rescatar a los hombres del pecado, y la
desdicha, miseria y muerte que éste trae consigo. El primer paso es arrepentimiento del pecado. Luego la
sangre de Cristo, mediante aceptación y fe, limpia todos los pecados pasados. Y de allí en adelante, por fe
somos preservados del pecado. Así la justicia resultante es de fe — la justicia que proviene de Dios.
No somos justificados por la ley — somos justificados por la sangre de Jesucristo. Pero la
justificación se nos dará solamente bajo la condición de nuestro arrepentimiento de transgredir la ley de
Dios — y así es cómo, después de todo, sólo los hacedores de la ley (los que obedecen la ley) serán
justificados (Romanos 2:13).¡Qué pura y qué hermosa es la verdad de Dios!
Parte tercera
El camino hacia una fe viviente
"La fe es un escapismo, es una patraña de quienes no desean aceptar los hechos y enfrentarse a la triste realidad". En muchos casos, esta crítica de quie nes se oponen al cristianismo convencional, resulta entera mente justificada.
Los cristianos profesos frecuentemente recurren a la mal llamada "fe" cuando son incapaces de resolver algún problema teológico. Así, se justifican diciendo: "Lo creo aunque no lo entiendo, porque la iglesia lo enseña así".
Con razón esta clase de fe es tema de crítica y burla. Es la verdadera "fe ciega", pero no es la clase de fe que Dios quiere encontrar en sus hijos.
Pedro dijo a las iglesias: " ... estad siempre preparados para presentar defensa con mansedumbre y reverencia ante todo el que os demande razón de la esperanza que hay en vosotros" (1 Pedro 3:15).
La fe del verdadero cristiano no es ciega, sino que se basa en la razón. Se funda en la evidencia firme; se establece sobre la base de la convicción.
La verdadera fe no se obtiene de pronto en el bautismo. Es algo que se va estructurando con el tiempo. Es el producto o el resultado de la experiencia, el estudio y la prueba. La obra continua del Espíritu Santo de Dios en la vida del cristiano la va produciendo poco a poco. Pablo dice que la fe es un "fruto del Espíritu" (Gálatas 5:22).
La "fe instantánea" no existe. Ciertamente la fe verdadera y perdurable no se obtiene de pronto, sino primordialmente como resultado de la experiencia. El apóstol Pablo nos da un excelente ejemplo de ello.
Antes de que Pedro fuera convertido y recibiera el don del Espíritu Santo, no poseía sino una cierta confianza humana . Era impetuoso y engreído. Pero no poseía fe viviente y perdurable.
El incidente que ocurrió cuando Jesucristo caminó sobre el agua arroja mucha luz sobre este aspecto. Jesús acababa de hacer uno de los mayores milagros de todo su ministerio público: dar de comer a más de cinco mil hombres, sin contar las mujeres y los niños (quizás más de diez mil, en total), con sólo cinco panes y dos peces. Luego mandó a sus discípulos tomar una pequeña embarcación para regresar a Capernaum cruzando el mar de Galilea (Mt. 14:15-22). Mientras tanto, El buscó un poco de sole- dad para dedicarse a la oración (ver. 23).
La noche llegó mientras El oraba, y en el lago comenzó a soplar un fuerte viento (ver. 24). La pequeña embarcación se agitó toda la noche a causa del viento y las olas, y los apóstoles no pudieron llegar a tierra firme. Tal vez se rompió el mástil. Posiblemente se perdió el timón. Los discípulos, sobrecogidos de espanto, miraban cómo la tormenta azotaba su frágil barca. Por fin, entre las tres y seis de la mañana (la cuarta vigilia, ver. 25), apareció Jesucristo ante sus discípulos atribulados, ¡caminando sobre las aguas!
Al principio, no le reconocieron, creyendo que era un espíritu. Al fin y al cabo, Jesús en aquel tiempo físicamente era un ser humano. Y los hombres comunes y corrientes no caminan encima del agua, por lo cual la reacción de los discípulos era muy natural. Cuando Jesús se identificó ante ellos, Pedro reaccionó impetuosamente, lo cual era típico de él, y dijo: "Señor, si eres tú [aparentemente aún no estaba del todo convencido] manda que yo vaya a ti sobre las aguas" (versículo 28).
La actitud de Pedro era presuntuosa, pues su confianza era momentánea y artificial. El no había pensado bien antes de actuar. Ni siquiera estaba completamente seguro de estar hablando realmente con Jesucristo en esos momentos. Sin embargo, "actuó por fe".
"Y él [Cristo] dijo: Ven. Y descendiendo Pedro de la barca, andaba sobre las aguas para ir a Jesús" (versículo 29).
Pero la "fe" de Pedro no pudo sostenerlo. Apenas empezó a darse cuenta de lo absurdo de la situación, su confianza y su cuerpo empezaron a hundirse simultáneamente. "Pero al ver el fuerte viento, tuvo miedo; y comenzando a hundirse, dio voces diciendo: ¡Señor, sálvame!" (ver. 30). La fuerza momentánea de la fe de Pedro, adqui rida tan de pronto, se disipó inmediatamente ante la cruda realidad.
Jesús aprovechó esta experiencia para impartir una lección de fe viviente: "Al momento Jesús, extendiendo la mano, asió de él, y le dijo: ¡Hombre de poca fe! ¿Por qué dudaste?" (versículo 31).
Analicemos la situación. El escéptico dirá que Pedro no tenía por qué creer que podría caminar sobre el agua . Al fin y al cabo, eso sería contrario a las leyes de la física.
¿Llegaremos entonces a la conclusión de que Jesús no debió esperar que Pedro tuviera fe bajo semejantes circunstancias?
De ninguna manera.
Pedro disponía de poderosas pruebas en las cuales basar su fe. Con sus propios ojos estaba viendo a Jesús caminar sobre el agua. Eso fue lo que le dio el ímpetu para dar el primer paso y salir de la embarcación.
Además, ya Pedro había visto el poder de Dios en acción al presenciar el milagro de los panes y los peces el día anterior. Si Dios podía alimentar hasta diez mil personas con cinco panes y dos peces, ¿no podía también mantenerlo a flote sobre el lago tormentoso?
Sin embargo, hubo motivos para que le fallara la fe.
¿Por qué falló la fe de Pedro?
Por una parte, Pedro comenzó a mirar las circunstancias físicas. Reparó en el bramido del viento, las olas turbulentas y el fuerte azote del agua. ¡Retiró sus pensamientos de Jesucristo y de su fe! Pedro reemplazó mentalmente la evidencia superior por una evidencia inferior. El sólo hecho de que Jesucristo mismo desafiaba las leyes de la naturaleza al caminar sobre el agua, debió ser suficiente para que él creyera que sí era posible hacerlo. Lo estaba viendo con sus propios ojos.
Pero Pedro rechazó esta prueba definitiva y se concentró en las circunstancias físicas que le eran más familiares.
Segundo, Pedro carecía de experiencia.
La experiencia produce confianza al establecer una serie de precedentes sobre los cuales basarse. Cuanto más experimentemos el poder milagroso de Dios, más fácil nos es aceptarlo, y así desarrollamos más fe o confianza.
La fe debe ser algo intrínseco. Debe ser perdurable y convertirse en una parte imborrable de nuestra personalidad espiritual. El ejercitar la fe en una situación determinada debe convertirse en parte de la naturaleza misma del cristiano.
Pero lograrlo toma tiempo y experiencia. Cada experiencia nueva contribuye a la siguiente. Jesucristo dio a sus discípulos (estudiantes) muchísimas de estas experiencias durante los tres años y medio de su ministerio en la Tierra. Cada una se agregó al cúmulo de experiencias que los discípulos pudieron luego aprovechar a lo largo de todo su ministerio.
Ya cuando la Iglesia había sido establecida y comenzaba a marchar, ¡Pedro había adquirido una gran fe dinámica y viviente! Nótese la siguiente narración en el libro de los Hechos: "Pedro y Juan subían juntos al templo a la hora novena [3 p.m.], la de la oración. Y era traído un hombre cojo de nacimiento, a quien ponían cada día a la puerta del templo que se llama la Hermosa, para que pidiese limosna de los que entraban en el templo. Este, cuando vio a Pedro y a Juan que iban a entrar en el templo, les rogaba que le diesen limosna. Pedro, con Juan, fijando en él los ojos, le dijo: Míranos. Entonces él les estuvo atento, esperando recibir de ellos algo.
"Mas Pedro dijo: No tengo plata ni oro, pero lo que tengo te doy; en el nombre de Jesucristo de Nazaret, levántate y anda. Y tomándole por la mano derecha le levantó; y al momento se le afirmaron los pies y tobillos" (Hechos 3:1-7).
Aquel no era el mismo Pedro cuya fe sucumbió en el tormentoso mar de Galilea. Era un hombre lleno de confianza en Jesucristo y en el poder de Dios. Lo que tenía Pedro ahora (ver. 6) era una fe viviente y dinámica a la cual podía acudir instantáneamente. El había aprendido a mirar la verdadera evidencia: el poder de Jesucristo y el Espíritu de Dios . Su fe estaba construida sobre años de experiencia; ahora era intrínseca.
Niveles de fe
La fe de Pedro había alcanzado un grado tal que el solo hecho de pasar cerca de él producía curaciones increíbles (Hechos 5 : 15-16). El Espíritu Santo había obrado en él respaldando su fe con experiencias. El poder de ejercitar la fe se había convertido en parte de la misma naturaleza del apóstol. El caminaba y vivía en fe. Sus experiencias habían producido confianza, esperanza y seguridad. Como escribió más tarde Pablo: " ... la tribulación produce paciencia; y la paciencia, prueba; y la prueba, esperanza" (Romanos 5:3 - 4).
El deseo de Cristo es que todos los cristianos alcancen este nivel de fe. La Escritura nos dice por lo menos cuatro veces: "El justo por su fe vivirá" (Hab. 2:4; Ro. 1: 17; Gá. 3:11; He. 10:38). Como dijo Pablo a la iglesia en Corinto: "porque por fe andamos, no por vista" (2 Co. 5:7). Como Pedro, antes de ser convertidos andábamos según la vista, no por fe.
En el incidente en que Pedro quiso caminar sobre las aguas, él permitió que lo que veían sus ojos, prevaleciera sobre lo que él sabía. El verdadero cristiano hace lo contrario, pues su fe se basa en la firme evidencia de lo que él sabe es la voluntad de Dios.
Pedro se hundió porque actuó según la vista, ¡pero Jesús había caminado sobre las aguas por fe!
A veces lo que vemos corroe nuestra confianza. En nuestra moderna sociedad tecnológica, es especialmente difícil ejercitar la fe. Es difícil sentirnos cerca de Dios en un mundo que lo niega a cada instante. La misma Biblia ha sido tan examinada, criticada, evaluada, analizada, juzgada y desmenuzada, que es difícil saber aun qué partes de ella son dignas de confianza. ¿Cómo podemos estar seguros de cuál es la voluntad de Dios en determinada circunstancia a menos que tengamos alguna revelación fidedigna?
Fe en Dios y en la Biblia
El apóstol Pablo escribió: "Toda la Escritura es inspirada por Dios, y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto, enteramente preparado para toda buena obra" (2 Timoteo 3:16, 17).
Si usted puede creer esta afirmación, no debe tener ningún problema para saber cuál es la voluntad de Dios en cuanto al ejercicio de la fe.
Pablo también escribió: "Pero sin fe es imposible agradar a Dios; porque es necesario que el que se acerca a Dios crea que le hay, y que es galardonador de los que le buscan" (Hebreos 11:6).
Aquí, la creencia en Dios está unida intrínsecamente con la fe. Los que quieren andar en la fe deben sentir la realidad de Dios, teniendo verdadera conciencia de su existencia. Además, deben creer en su capacidad y voluntad de responder a las necesidades de quienes buscan su intervención diligentemente. Como dijo David: " Cercano estás tú, oh Eterno . . ." (Salmo 119 : 151) . Y en el Salmo 145:18: "Cercano está el Eterno a todos los que le invocan, a todos los que le invocan de veras". ¡Dios está tan cerca como su próxima oración sincera y creyente!
David también dijo: " Cumplirá el deseo de los que le temen; oirá asimismo el clamor de ellos, y los salvará" (Salmo 145:19).
Dios no es sordo. Por su naturaleza compasiva, tiene que contestar las oraciones de quienes realmente creen, con fe, que El les escucha.
Pero una persona con fe no es una persona insegura. Su fe no es vacilante; tiene la seguridad de que Dios existe y escucha sus oraciones. Santiago aclaró este punto cuando escribió sobre cómo pedirle a Dios sabiduría.
"Pero pida con fe, no dudando nada; porque el que duda es semejante a la onda del mar, que es arrastrada por el viento y echada de una parte a otra. No piense, pues, quien tal haga, que recibirá cosa alguna del Señor" (Santiago 1:6-8).
¡Para Dios, la duda y la fe son totalmente opuestas!
El ejemplo de Abraham
Abraham no dudó que Dios cumpliría su promesa de hacerlo padre de muchas naciones, aunque lo que veía entonces, o sea la evidencia física le demostraba lo contrario. Abraham y su mujer, Sara, ya no estaban en edad de tener hijos. A Sara le dio risa la idea de tener un hijo en su vejez, (Gn. 18:12). Pero "... creyó Abraham a Dios, y le fue contado por justicia" (Ro. 4:3). Abraham confiaba en que Dios realizaría su promesa. No perdió la esperanza a pesar de que las circunstancias físicas le indicaban que no debía tenerla (ver. 18). El concepto de la fe que tuvo Abraham se resume en los versículos 19-21 de este mismo capítulo.
"Y no se debilitó en la fe al considerar su cuerpo [no andaba según la vista] que estaba ya como muerto [impotente] (siendo casi de cien años), o la esterilidad de la matriz de Sara. Tampoco dudó, por incredulidad, de la promesa de Dios, sino que se fortaleció en fe, dando gloria a Dios, plenamente convencido de que era también poderoso para hacer todo lo que había prometido".
He aquí la simple definición de la fe de Abraham. El es el padre de todos los creyentes (Ro. 4:11, 16). Después de Jesucristo, Abraham constituye el ejemplo supremo de fe.
Por lo tanto, la fe se basa en el conocimiento de la voluntad de Dios. Ejercitamos la fe cuando reconocemos las promesas de Dios y las aceptamos confiadamente. La mayor evidencia que podemos obtener, es el hecho mismo de que Dios ha prometido algo. Esta es la base para la fe. En muchos casos esta información sobrepasa la evidencia física. Sin embargo, ello no constituye una fe ciega e ignorante, sino que su fundamento está en la verdadera comprensión de cual es la voluntad del Dios viviente.
Una fe mal dirigida
Desafortunadamente, muchos cristianos bien intencionados han quedado en ridículo al no comprender bien qué es la fe.
Tenemos un buen ejemplo de ello en las sectas del sur de los Estados Unidos que manejan serpientes. Estas personas fervorosas, pero equivocadas, creen que el manipular voluntariamente serpientes venenosas, constituye una demostración de fe. Al fin y al cabo, Dios ha hecho ciertas promesas al respecto que aparecen en la Biblia: "Y estas señales seguirán a los que creen: En mi nombre echarán fuera demonios; hablarán nuevas lenguas; tomarán en las manos serpientes, y si bebieren cosa mortífera, no les hará daño ... " (Marcos 16:17-18).
El apóstol Pablo en una ocasión tomó accidentalmente una serpiente venenosa. "Entonces, habiendo recogido Pablo algunas ramas secas, las echó al fuego; y una víbora, huyendo del calor, se le prendió en la mano pero él, sacudiendo la víbora en el fuego, ningún daño padeció" (Hechos 28:3, 5 ).
Muchos invocan estos ejemplos para justificar la manipulación de culebras y reptiles venenosos.
He aquí un buen ejemplo de una fe mal orientada, basada en un conocímiento erróneo de la voluntad de Dios. Jesús no se refirió al hecho de coger voluntariamente anímales venenosos y "jactarse" de ello, sino a situaciones accidentales como el incidente de Pablo con la víbora.
El ejemplo personal de Jesús
Al comienzo de su ministerio, Jesús fue sometido a una de las pruebas más tremendas de toda su vida. Estuvo fuertemente tentado de manera directa y personal por el "dios de este siglo" (2 Co. 4:4), el diablo. Pero Jesús le venció, pues conocía la voluntad de Dios. Satanás citó correctamente las Escrituras, pero las aplicó mal.
"Entonces el diablo le llevó a la santa ciudad, y le puso sobre el pináculo del templo, y le dijo: Si eres Hijo de Dios, échate abajo; porque escrito está: A sus ángeles mandará acerca de ti, y, en sus manos te sostendrán, para que no tropieces con tu pie en piedra" (Mt. 4:5, 6). Si comparamos este pasaje con el Salmo 91:11-12, veremos que el diablo citó correctamente la Escritura. No cambió nada. ¡Realmente era una promesa de Dios!
Pero el diablo torció aquella Escritura, pues no la citó junto con otras que determinaban su significado e intención. Jesús conocía bien la totalidad de las Escrituras, pues El mismo las inspiró por medio del Espíritu Santo (Juan 1:1-5). Sabía que el hecho de que Dios haya prometido proteger a los creyentes, no los autoriza para tomar riesgos innecesarios ni actuar a la ligera .
En vez de aceptar el reto dé Satanás, Jesucristo le respondió sabiamente con una Escritura que ilustraba la otra: "Jesús le dijo: Escrito está también: No tentarás al Señor tu Dios" (Mt. 4:7; Dt. 6:16).
Si Jesús se hubiera lanzado del templo, hubiera tentado a Dios. Hubiera tomado un riesgo innecesario. Esto no hubiera sido un acto de valentía, ¡sino un disparate!
Es el mismo caso del manipuleo de serpientes. Muchas personas bien intencionadas, pero mal informadas, han muerto así, por haber "tentado a Dios".
Dios sí promete protegernos de situaciones accidentales que puedan ocurrir sorpresivamente . Pero no quiere que los cristianos tomen riesgos innecesarios en ningún momento. Hacerlo es tentar a Dios. ¡Ello no es ni fe ni valentía, sino simple tontería!
La fe debe basarse en la comprensión y el conocimiento de la voluntad de Dios.
Fe hacia Dios
Saber en qué dirección debemos ejercitar nuestra fe es de una importancia crítica. Hay quienes han puesto su fe equivocadamente en "curanderos milagrosos" o en evangelistas engañosos que buscan seguidores. Pero ningún hombre puede curar. Sólo Dios puede sanar y resucitar a los muertos. Tener fe en los hombres es un grave error: "Así ha dicho el Eterno: Maldito el varón que confía en el hombre, y pone carne por su brazo, y su corazón se aparta del Eterno" (Jeremías 17:15).
Y, en contraste, (ver . 7): "Bendito el varón que confía en el Eterno, y cuya confianza es el Eterno".
¡La fe debe ser dirigida sólo a Dios!
Esto no quiere decir que el hombre no pueda ayudar, en materia de curaciones. El Sr. Herbert W. Armstrong ha dicho: "Dios hace por nosotros lo que no podemos hacer nosotros mismos". Los médicos pueden ayudar a quienes están heridos o han sufrido accidentes. Lucas, autor del evangelio y de los hechos de los apóstoles, era llamado "el médico amado" (Col. 4:14).
No es llamado el "ex médico" amado. Lucas acompañó a Pablo en muchos de sus viajes. Sin embargo, el mismo Pablo fue utilizado por Dios como instrumento para realizar múltiples curaciones. Pero Pablo jamás curó a nadie. El sólo era el instrumento por el cual Dios llevaba a cabo el milagro de la curación (Hechos 14:8-10; 19:11-12; 20:9-10; 28:8-9).
Como escribió Jeremías: "Sáname, oh Eterno, y seré sano; sálvame, y seré salvo; porque tú eres mi alabanza" (Jer. 17:14).
El cristiano debe comprender el verdadero papel que corresponde a cada factor en cuestiones de fe y de curaciones. Principalmente es cuestion de comprensión y equilibrio. Cualquier Escritura debe entenderse a la luz de otras Escrituras que también se aplican a la misma situación.
La fe como camino de vida
La fe no se aplica únicamente a la curación. La fe es, o debe ser, un camino de vida. Andamos por fe. Ella debe ser un factor siempre presente en la vida diaria del cristiano.
La fe puede aplicarse a la protección física, la curación, las finanzas, la obtención o preservación de un empleo, y en la solución de los problemas matrimoniales y otras dificultades en las relaciones humanas. ¡La fe es la clave para reclamarle a Dios el cumplimiento de cualquiera de sus promesas! (ver Romanos 4:20, 21).
Lo que le da al cristiano esperanza en el futuro es la fe en el sacrificio de Cristo y en su resurrección. Pablo dice: "Si en esta vida solamente esperamos en Cristo, somos los más dignos de conmiseración de todos los hombres" (1 Co. 15:19).
Tener fe en el glorioso futuro que Dios ha prometido a sus hijos es lo que da fortaleza a los verdaderos hijos de Dios convertidos. Es este el factor que motiva, el elemento que da al cristiano la confianza necesaria para afrontar las tribulaciones que se le presentan en una sociedad sin Dios.
Caminemos, no en la fe ciega de los hombres ignorantes, sino en la verdadera fe de los hijos de Dios, basada en el conocimiento y en la comprensión!
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